18 septiembre 2026

Historias que pasan.

 



12:30 am

Me encamino al baño del centro educativo donde trabajo. Antes de entrar, las llaves que usamos para abrir las clases, taquilla, etc., deciden caerse y soltarse de la anilla que las sujetaba. Las recojo y ante la imposibilidad de guardarlas en un bolsillo, opto por dejarlas en la mano y con ellas de esa guisa inicio la operación evacuar aguas menores. Cuando termino y me giro a apretar el botón de la cisterna, la llave que se había soltado y que llevaba en la mano derecha, cobra vida y se precipita al vacío de la taza, sí, como leéis, ahí en medio con toda su agüita amarilla rodeándola.

¡Que no cunda el pánico! ¡Piensa! ¡Hay que recuperarla! Me digo.

Salgo del baño y dejo a una compañera de centinela en la puerta: no puede pasar nadie, ya bastante es con mi agüita amarilla como para tener la de las demás u otra cosa peor (mejor no pensarlo). Me voy a conserjería y pido un guante. Y con él en la mano, procedo a operar al excusado.

La muy aventurera llave allí seguía, en el fondo, plácidamente asentada. Tras recuperarla, comienzo la operación desinfectante, primero un baño con agua (del lavabo claro); después dos baños con gel hidroalcohólico (el de Mercadona); un secado rápido con tres o cuatro servilletas de papel; nuevo riego con desinfectante, no sé de qué clase, que he encontrado por ahí; media hora de permanencia con ese líquido; otro secado rápido con tres o cuatro servilletas y envoltura final en un par de ellas más para pasar el fin de semana (al menos) en cuarentena. Posiblemente, el domingo pase otro control sanitario, pero mientras tanto aislada.

Y no dejo de pensar: ¿será suficiente desinfección? Mira que tienen recovecos y recovecos. No sé, lo mismo el lunes pido otra… Creo que cada vez que la mire, la veré hundida en esa taza, ahí, rodeada de bacterias.

¿Qué haríais vosotros?


(Basado en hechos verídicos).
Foto: pixabay


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