Relato para el blog El Tintero de Oro
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Se levantó temprano aquella mañana, justo cuando el gallo cantaba a lo lejos. Abrió la ventana y se deleitó con el aire fresco del alba y el bullicio de la ciudad que ya comenzaba a despertar igualmente. Los ecos de las voces de los vecinos pronto llegaron a sus oídos. Se dirigió a su coqueto armario y eligió un conjunto de blusa y pantalón azul que combinaba con sus ojos. Estaba contenta.
No tuvo que abrir la puerta porque una vecina vino a por ella.
―Venga, Lenny, hoy te toca cafetería.
―¡Qué bien! Me encanta esa cafetería, hacen un café delicioso. Gracias por venir a por mí para hacerme compañía.
―Sí, claro, eso dicen todas.
Junto a su acompañante, recorrió un gran pasillo, ella lo llamaba el corredor uno del castillo. En aquel lugar se amontonaban varias habitaciones y Lenny saludaba a todas las que se asomaban al corredor.
―Lenny, guárdame el mejor bizcocho, ja, ja, ja, ja.
―No te bebas todo el café.
―Dile a los guardias que se estiren con la leche, que el café sabe a meaos de gato.
Ella saludaba con una sonrisa en la boca, sin comprender muy bien las expresiones de sus vecinas. “Serán cosas suyas”, pensaba.
Cuando llegó a la cafetería, alguien le tiró un mandil y un gorro y la increpó para que se pusiera a trabajar cuanto antes. Iban con retraso pues uno de los repartidores había llegado tarde, gritaba a diestro y siniestro.
―Lenny, deja de hacer figuritas con el pan, ¡tenemos prisa!
―Déjala, Roco, no ves que ella se entretiene así.
―Como vengan los jefes ya verás tú la entretenera que le van a dar.
Lenny no parecía escuchar, ella colocaba el pan simulando algún animal o flores o lo que la imaginación le sugería. Le gustaba trabajar en aquella cafetería, de hecho, de todos los trabajos a los que acudía, era su favorito. Ni siquiera la biblioteca, con sus libros, cuando iba a colocarlos, le gustaba tanto como aquello. Ya que ahí podía desarrollar su creatividad. Y, mientras lo hacía, tarareaba una canción que le recordaba a su infancia cuando hacía pan con su abuela.
―¡Ya está bien de figuritas, quítate de aquí, anda, vete a fregar platos!
―Ven, Lenny, no le hagas caso, hoy está cabreada…
A ella no le importaba fregar platos, aunque no le gustaba cuando alguien la trataba mal y se entristeció. De repente se quedó parada y no oía lo que su compañera le decía.
―¡Que espabiles, que estás empaná!
―A esta le faltan dos tornillos hoy, ja, ja, ja, ja.
Empezaron a llegarle empujones de unas y de otras y ni siquiera la que antes intentaba ayudarla, se acercó. Más bien se volvió y siguió con sus quehaceres, no quería entrar en polémicas. Entre empujón y empujón tiraron varias objetos al suelo, comida, agua… y Lenny acabó escurriéndose cayendo al suelo, dándose un golpe tan fuerte en la cabeza que murió en el acto.
Nadie dijo nada.
Nadie la socorrió.
Cuando los guardias entraron a la cafetería y la vieron, no preguntaron qué había pasado. Se la llevaron y nunca nadie supo más de ella, pues tampoco ningún familiar reclamó su cuerpo.
Lenny nació en una familia desestructurada, padres drogadictos, fue criada por su abuela. Cuando creció, acabó, inevitablemente, enganchada a la cocaína. Pasó por varios centros de desintoxicación y en una de sus salidas, cuando parecía que estaba curada, apuñaló a su abuela por un poco de dinero para volver a consumir.
El juez la condenó a treinta años, seis meses y quince días en la cárcel de mujeres del estado. Ella no asumió su condena y el día que entró en prisión comenzó a tener delirios. No reconocía el asesinato de su abuela y apenas se acordaba de su vida anterior, solo algunos detalles. Se volvió loca. Intentaron ingresarla en un hospital de salud mental, pero ella tenía tan asumido que la cárcel era su castillo que no dejó de gritar desde que salió y volvieron a internarla.
Ante la imposibilidad de que mejorara, decidieron ignorarla, al fin y al cabo no hacía daño a nadie y ella parecía feliz en su mundo de castillos, bosques, hadas y caballeros andantes. Sin embargo, era el foco de las burlas de sus compañeras hasta que ocurrió el desenlace.
Como no tenía familia, nadie se enteró de su muerte y nadie corrió con los gastos de su funeral. Decidieron donar su cuerpo a la ciencia y olvidar lo que allí había ocurrido.
Pero yo no puedo olvidarla, yo fui una de las que aquella mañana compartía cafetería con ella y la que, como casi todas, le di algún empujón que otro. Nunca nadie nos preguntó qué había ocurrido y tampoco nosotras lo contamos. Años después, terminé mi condena, salí de allí; pero no he podido olvidarme de ella, me arrepiento mucho de lo que pasó. Yo tampoco tenía familia y si hubiera muerto allí dentro, hubiera corrido la misma suerte. Desde entonces, intento ayudar a las chicas que están en prisión y no tienen familia, para que no se vuelvan como Lenny, para que no enloquezcan y para que alguien mire por ellas y las visite. El mes que viene, además, abro una asociación con este fin que se va a llamar en memoria de Lenny.
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