Respiró hondo. Exactamente los ocho segundos que le distaban de la hora en la que, quizá, su vida cambiaría.
Con un suspiro final entró en la sala de reuniones, aquí la esperaba el director de Recursos Humanos para una entrevista de trabajo. En los últimos días, tanto había pensado en aquellos momentos que cuando contempló lo que había delante de sus ojos no supo cómo reaccionar: el director de Recursos Humanos hablaba por teléfono mientras una señorita, agachada a sus pies, le hacía la pedicura.
Con un gesto le indicó que pasara y tomara asiento. Nunca se está preparado ante un momento así y no sabía si tomarlo como una estratagema del departamento de Recursos Humanos o como un hecho real, al fin y al cabo todos tenemos que cuidar las uñas de los pies, aunque, tal vez, no fuera el sitio apropiado.
―Buenos días, señorita Pérez, no le molestará la situación, ¿verdad?
―Buenos días. No, en absoluto, es su empresa y usted manda. No obstante hay lugares más apropiados para esto. ―Intentó no decir nada al respecto, pero no pudo evitarlo.
―Sí, claro, disculpe, pero soy modelo de pies y ahora después tengo un pase.
Tampoco pudo evitar mirarle los pies, la situación ampliaba su sorpresa por momentos.
―Y no se preocupe por Paula, es mi asistente personal y, como ve, lleva auriculares, se lo he ordenado yo. Esto es una entrevista de trabajo seria.
"Seria, sí, muy seria", pensó, "y la tal Paula puede llevar los auriculares apagados".
―Bien, pues cuénteme qué le ha traído por aquí y por qué quiere trabajar con nosotros.
Iba a hablar, pero él seguía con el teléfono en la oreja a pesar de todo el parlamento que ya habían mantenido.
Carraspeó, presa de la incertidumbre, y tuvo, inevitablemente, que mencionar el hecho.
―¿No esperamos a que termine la llamada?
―¡Ah! ¡El teléfono! ¡Perdone de nuevo! No es una llamada. Estoy oyendo una conferencia de un colega en EEUU. Luego tengo que escribir un artículo para una revista en la que colaboro.
Aquel hombre era, sin duda, una caja de sorpresas. Se sentía incómoda, pero sequía pensando que quizá era una prueba más de la entrevista.
―Si quiere vengo en otro momento en que esté menos ocupado…
―No, señorita Pérez, por favor, quédese y, de nuevo, le reitero mis disculpas. Tengo la agenda demasiado colapsada. Proceda, por favor, proceda.
Se quedó con la boca abierta porque iba a hablar cuando llamaron a la puerta y un hombre con dos loros, uno en cada hombro, entró a la sala. Y así se quedó, sin saber si reír, llorar o mantener la compostura. Optó por esto último.
―Ya están arreglados, los dejo ahí en su jaula, ¿de acuerdo? Piolín está un poco nervioso, creo que quiere aparearse, pero Peppa no está por la labor.
"No te rías, no te rías", pensaba una y otra vez.
―La historia de siempre, Julio, el hombre propone y la mujer dispone.
―Ja, ja, ja, ja. Ya te digo. Bueno, los dejo en su jaula a ver si allí se animan.
―Ay, de verdad, disculpe de nuevo. Los loros son de mi mujer, los estoy cuidando porque ella está en Costa Rica con su entrenador de padel.
Su cara ya era un poema. Sin duda, aquello era una cámara oculta. Imposible que fuera real y...
―No se alarme, su entrenador es homosexual, no me está poniendo los cuernos. Ha ido allí a conocer a la madre del susodicho, porque ella no sabe que es gay y se va a hacer pasar por su mujer. Es una larga historia, lo siento de nuevo. Pensará que esto parece una comedia, pero no, no lo es y tampoco hay una cámara oculta por aquí. Sigamos…, ¿por dónde íbamos?
Y de nuevo cuando iba a hablar, otra interrupción. El director se quitó con brusquedad el teléfono de la oreja porque, al parecer, la conferencia había terminado y estaban aplaudiendo.
A esas alturas, no sabía ya ni cómo se llamaba, ni lo que tenía que contestar, ni lo que pretendía aquel director de Recursos Humanos, así que, aunque era el trabajo de su vida, se levantó con educación y dijo:
―Voy un momento al baño, porque me he dejado a mi gatita allí encerrada y no quiero que la arme si detecta a los loros de su mujer, ―exclamó con una sonrisa en la boca, evitando así mandarlo a la mierda. Con personal de esa manera, quizá no merecía tanto la pena trabajar en esa empresa.
―Me parece una idea estupenda. ¡Ah, señorita Pérez! Cuando vuelva del baño, no hace falta que pase por aquí, ahí fuera está la secretaria, le dice de mi parte que le dé su contrato para firmar, está contratada. Empieza el lunes.




