A todos los que nos gusta escribir hemos fantaseado alguna vez con escribir un libro, publicarlo y verlo en las estanterías de las librerías, ese es nuestro mayor sueño (o deseo). Con el paso de los años la labor de publicación ha aumentado, es decir, ya no hay cuatro editoriales famosas que llenan el mercado. Ahora hay mil (quizá me quedo corta), algunas con más renombre que otras y también las que funcionan como una imprenta y con otras opciones para publicar los libros, entre ellas, la autopublicación.
Las editoriales grandes, las conocidas, las que tienen un nombre en el mercado y que publican a los escritores más famosos, tienen su propio nicho de mercado. No publican nada que no les aporte beneficios, son empresas grandes, con muchos empleados y necesitan, por tanto, vender muchos ejemplares. Es por ello por lo que no van a arriesgar su dinero por autores que no sean conocidos, independientemente de si el libro es una maravilla o no.
Luego están las editoriales pequeñas que sufragan sus gastos con, o bien publicando el libro a medias: el autor paga parte del costo de impresión y maquetación del libro; o bien con la autopublicación: el autor paga todo el proceso de su libro y, además, cede parte de sus beneficios a la empresa, solo y exclusivamente por ponerle un nombre de una editorial al libro. Y, por último, está la autopublicación libre de intermediarios, por Amazon u otras páginas que solo ponen el sitio web para vender el libro, también se llevan un porcentaje pero es menor que el de una editorial.
Cuando escribes, terminas un libro y quieres verlo impreso y tener un ejemplar en tus manos con tu nombre y el título que has elegido en la portada y con las palabras que han salido de tu imaginación impresas, en lo único que piensas es en publicarlo. No quieres relegarlo al cajón de tu mesa y sentir cómo tu sueño se llena de polvo y olvidos en un rincón de tu escritorio. Quieres hacer todo lo posible porque ese “hijo literario” vea la luz. Pronto se descartan las editoriales famosas, también los concursos y pasa el tiempo y allí sigue olvidado tu manuscrito. De repente, aparece esa milagrosa palabra: autopublicación y ni te lo planteas, aunque se haga cierta la frase “yo me lo guiso, yo me lo como”, pero la satisfacción de ver un sueño cumplido no tiene precio.
¿Qué pasa luego? En un mercado saturado de libros y publicaciones; en una sociedad en la que el 40% de la población declara que no lee y donde las miles de aficiones que hay compiten con las palabras (una afición que requiere cierto esfuerzo) por hacerse un hueco, tus libros quedan relegados al último eslabón de una cadena que es muy larga, muy, muy larga. Pero no importa, la mayoría de los escritores nos sentimos orgullosos por ver a nuestros “hijos literarios” impresos, creados, editados y en la estantería, aunque solo sea la nuestra.
Ahora bien, si dices que has publicado un libro, bien; si dices que has autopublicado un libro, mal. Ya no te miran del mismo modo y ya no digamos a los libros. Parece ser que autopublicado es sinónimo de mala calidad, porque no ha pasado los estándares de calidad de la editorial X. ¿Y quién dice esto, quién dice que es de mala calidad, o que está lleno de faltas de ortografía o que no sirve? ¿Quién tiene tanta autoridad moral para declarar algo así? ¿Alguien experto en literatura o en libros o que es un sabio?
Quizá hay libros autopublicados llenos de faltas de ortografía, pero yo también las he visto en libros publicados en editoriales famosas. Y también, quizá, hay libros autopublicados que pasadas la segunda hoja ya dan ganas de dejarlos, pero también hay libros de autores famosos, de editoriales famosas que son un tostón desde el primer capítulo. Si despreciamos desde el minuto uno a la autopublicación, si despreciamos esta opción que es tan válida como la de editorial, nunca ningún autor autopublicado podrá llegar al eslabón de una editorial (y ya los hay, afortunadamente, que han llegado). Además, ya sabemos cómo muchas editoriales eligen a los libros que publican: concursos amañados; el hijo de o el marido de; sale mucho en televisión; es guapo/a; tiene dinero e, incluso, si es joven… A los simples mortales que no cumplimos esos requisitos nunca nos llegará esa oportunidad.
Cuando leas muchos, cientos, miles de autores autopublicados y de esos miles ninguno te haya gustado, entonces es cuando podrás decir que, efectivamente, en la autopublicación solo se publican obras de mala calidad. Mientras tanto, no puedes decir, ni siquiera mencionar que la autopublicación es igual a obras de baja calidad. No lo puedes decir, porque no lo has comprobado. Ahí tienes mis libros (y con esto no quiero echarme flores) o cualquiera de muchos autores noveles o autopublicados que hay por ahí, porque yo sí he leído a muchos, y te puede asegurar que no tienen nada que envidiar a los libros de autores famosos o de editoriales grandes. NADA. Y si no me crees, pásate por Amazon que ahí tienes unos cuantos.
Así que, por favor, ya puedes desterrar de tu cabeza, de vuestra cabeza, esa idea. Los autores autopublicados merecemos el mismo respeto que cualquier escritor consagrado, otra cosa es que no tengamos fama, ni muchos lectores, ni una editorial grande que nos respalde, pero tanto derecho tenemos a estar ahí como el resto. Y nunca, nunca consideraré a mis libros de baja calidad y si tú lo ves así, con no leerme es suficiente. Vuelvo a decir, lee autores autopublicados, atrévete a leerlos y después opinas, aunque, eso sí, no leas uno, dos o diez, no, una cifra considerable, de lo contrario tu opinión seguirá siendo pobre y sin argumentos.
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