31 octubre 2026

El hombre de la gorra azul.

 




Cuando abrió la puerta, no esperaba encontrarlo allí. Protegido con su abrigo, con una gorra azul en la cabeza y una cartera en la mano.

Cerró la puerta con un gran portazo y salió corriendo hacia el otro extremo de la casa. Saltó por una ventana, salió al patio y de ahí a las casas colindantes por las que fue pasando. No paró de correr hasta que dejó el pueblo a su espalda.

Cansado, se apoyó en un árbol. Ya recuperaba la respiración cuando algo le dio en la espalda. Se volvió y allí estaba de nuevo aquel hombre con su abrigo, su gorra azul y la cartera.

Gritó e intentó huir otra vez, pero se dio cuenta de que nada serviría. Lo volvería a encontrar.

Lloró y pidió clemencia. No obtuvo respuesta. El hombre seguía allí mirándolo, con la expresión seria y una actitud serena.

Sin quitarle la vista de encima, se fue arrastrando, sin percatarse de que un acantilado se perfilaba a continuación. Cayó al vacío. El hombre de la gorra azul, por fin, había hecho justicia: su asesino estaba muerto.





Mercedes Soriano Trapero
Foto: copilot


23 octubre 2026

Paco.

 



La gente gritaba su nombre: ¡Paco, Paco, Paco!, y Paco sonreía, pero no creía que era a él al que llamaban.

―Paco, tío, te aclaman.

―¿A mí? ¿Y por qué a mí?

―Yo qué sé, saluda.

―¿Y si no es por mí y quedo como un panoli?

Y el público seguía: ¡Paco, Paco, Paco!

Y él volvía a sonreír, escéptico.

―Después te arrepentirás...

―¡Cállate ya, anda!

Y otra vez el público enervado gritaba: ¡Paco, Paco, Paco!

Y cansado ya, Paco se levantó y comenzó a saludar de manera efusiva a la gente, mientras las luces del estadio comenzaban a girar insistentemente buscando a Paco. Y allí estaba Paco, tapando los agujeros del césped y saludando al público, como si de un cantante se tratase, y la gente, entusiasmada, volvía a vitorear su nombre.

El otro Paco, el de la grada, después de que la gente de su alrededor lo mirara como a un loco, abandonó el estadio con las orejas cabizbajas y las manos en los bolsillos. Su amigo ni se inmutó y se quedó a terminar de ver el partido.



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay



16 octubre 2026

La pitonisa.

 



Te refrescaré la memoria si no te acuerdas:

- Naciste un día, probablemente antes de lo que hoy te hubiera gustado.

- Te gusta leer, de lo contrario no estarías aquí.

- Estás vestido/a ahora mismo, al menos por una prenda.

- Tu DNI acaba por una letra.

- La carga de tu móvil es inferior a lo que te gustaría (acabas de mirar la carga de tu móvil).

- Te gusta un color, a veces varios, según el día.

- Adoras a los mosquitos, sobre todo cuando no los tienes cerca.

- Te gusta salir de vacaciones. (El sitio concreto depende de la estación del año y del dinero).

- Respiras, más que nada para no morirte.

- Mañana será otro día.

- Duermes, a veces siete horas. Lo de solo/a o acompañado/a lo dejo a tu elección.

- Tienes un buen sueldo, sobre todo el primer día del mes.

- Te ha tocado la lotería, al menos una vez, cuando la compras la tocas (piensa en positivo, ya que algunos ni eso).

- Debes hacer la compra, a veces tienes hambre.

- Si multiplicas tu número de pie por tu altura, lo restas a tu edad y lo sumas a tus dedos sabrás un número. No sé para qué sirve, pero te entretiene.

- Relacionado con lo anterior, a veces piensas e, incluso, te lo crees.

- Ayer te bebiste un vaso... de algo, seguro.

- Ahora mismo te estás riendo o, bueno, sonriendo.

- Acabas de pensar que tengo mucha imaginación (o quizá una cosa peor).

- Has llegado hasta aquí... Como ves tengo grandes dotes de pitonisa, y también sé que no me vas a contratar, más que nada porque tengo la agenda de pitonisa llena hasta dentro de cinco años largos. Y después tampoco porque te habrás olvidado de esto.




Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay



11 octubre 2026

Los Pazos de Ulloa. Reseña.

 




Ficha bibliográfica

  • Autora: Emilia Pardo Bazán
  • Editorial: ‎ Biblioteca Nacional de España (diciembre 2018)
  • Idioma: ‎ español
  • Tapa blanda: 113 páginas
  • Género: ficción 
  • Edad recomendada: a partir de 14 años


  •                                                  Sinopsis

      "En el corazón de la campiña gallega se encuentra Los Pazos de Ulloa, una majestuosa pero decadente hacienda que se convierte en el escenario de un drama apasionante de poder, pasión y decadencia. Escrita por Emilia Pardo Bazán, esta novela clásica española explora los contrastes entre la nobleza rural y las fuerzas emergentes de la modernidad. La historia sigue al joven y idealista sacerdote Julián Álvarez, quien se adentra en el tumultuoso mundo del marqués de Ulloa, un terrateniente volátil cuya casa está sumida en la corrupción y el engaño. Mientras Julián intenta imponer el orden y la virtud en la hacienda, se ve envuelto en las oscuras y trágicas vidas de sus habitantes. Rica en descripciones vívidas y profundidad psicológica, Los Pazos de Ulloa es una reflexión conmovedora sobre la lucha entre la tradición y el cambio, capturando la esencia de la sociedad española del siglo XIX".



                     Opinión 


     Con esta novela, Pardo Bazán nos lleva a la Galicia rural del siglo XIX. Vemos en ella una trama llena de contrastes, con grandes descripciones y una narración que no tiene nada que envidiar a los autores contemporáneos, es más, mejor que algunos autores contemporáneos. 

    La historia se desarrolla prácticamente entera en los Pazos de Ulloa, una propiedad de un marqués venido a menos y todos los personajes que pululan por los pazos, incluido el capellán que será el que asista a los vericuetos del propio marqués. Este resulta ser un hombre mujeriego, violento y sin ningún tipo de decoro, lo que provoca en el capellán toda una serie de inconvenientes a los que intentará darle una solución. Sin embargo, la realidad se impone y termina sufriendo las consecuencias. 

    Una obra característica del Naturalismo (el Realismo llevado al extremo) y que refleja, por tanto, los aspectos más sórdidos de la sociedad. La autora no duda en expresar la pobreza, la violencia, la falta de humanidad de algunos de los personajes. No obstante, lo hace con una belleza narrativa que contrasta con lo que está expresando. Es una narradora excelente y, personalmente, he disfrutado más de la obra por sus palabras que por la historia en sí. Y para muestra, algunos pasajes:

    En su habitación pudo el capellán notar mejor que en la cocina la escandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le cubría la piel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas, estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suerte de cuerpos extraños. 

                                                         ______________________

    Volvía Julián preocupado á la casa solariega, acusándose de excesiva simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillo como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser cauto como la serpiente...

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    Magnífico ejemplar de una raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales, se consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace.

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    Sabe usted—insinuó don Pedro—que mi prima Rita se me figura algo casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran ó no la miran, si le dicen ó no le dicen... juraría que toma varas. —¿Que toma varas?—repitió el capellán, quedándose en ayunas del sentido de la frase grosera. —Sí, hombre..., que se deja querer, vamos...


     Curiosas expresiones también las que aparecen en la novela, como la que destaco en este último párrafo: que toma varas... Nunca la había oído y me ha parecido muy curiosa. Hay más a lo largo de la novela, fruto de su narración perfecta, donde combina la maestría de la pluma narradora con un vocabulario apropiado para cada ocasión, ya sea el del narrador como el de los personajes, atendiendo así a la profundidad psicológica de los mismos. 

     Pardo Bazán fue ninguneada en su época por ser mujer, viniendo su reprobación hasta de su propio marido (del que se separó, obviamente). Por suerte, hoy recordamos su obra, siendo, asimismo, una de las grandes figuras de la literatura española del siglo XIX. Si no has leído nada de ella, la recomiendo, no solo esta obra sino también toda su producción. 

 

04 octubre 2026

En memoria de Lenny.

 Relato para el blog El Tintero de Oro

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Se levantó temprano aquella mañana, justo cuando el gallo cantaba a lo lejos. Abrió la ventana y se deleitó con el aire fresco del alba y el bullicio de la ciudad que ya comenzaba a despertar igualmente. Los ecos de las voces de los vecinos pronto llegaron a sus oídos. Se dirigió a su coqueto armario y eligió un conjunto de blusa y pantalón azul que combinaba con sus ojos. Estaba contenta.

No tuvo que abrir la puerta porque una vecina vino a por ella.

―Venga, Lenny, hoy te toca cafetería.

―¡Qué bien! Me encanta esa cafetería, hacen un café delicioso. Gracias por venir a por mí para hacerme compañía.

―Sí, claro, eso dicen todas.

Junto a su acompañante, recorrió un gran pasillo, ella lo llamaba el corredor uno del castillo. En aquel lugar se amontonaban varias habitaciones y Lenny saludaba a todas las que se asomaban al corredor.

―Lenny, guárdame el mejor bizcocho, ja, ja, ja, ja.

―No te bebas todo el café.

―Dile a los guardias que se estiren con la leche, que el café sabe a meaos de gato.

Ella saludaba con una sonrisa en la boca, sin comprender muy bien las expresiones de sus vecinas. “Serán cosas suyas”, pensaba.

Cuando llegó a la cafetería, alguien le tiró un mandil y un gorro y la increpó para que se pusiera a trabajar cuanto antes. Iban con retraso pues uno de los repartidores había llegado tarde, gritaba a diestro y siniestro.

―Lenny, deja de hacer figuritas con el pan, ¡tenemos prisa!

―Déjala, Roco, no ves que ella se entretiene así.

―Como vengan los jefes ya verás tú la entretenera que le van a dar.

Lenny no parecía escuchar, ella colocaba el pan simulando algún animal o flores o lo que la imaginación le sugería. Le gustaba trabajar en aquella cafetería, de hecho, de todos los trabajos a los que acudía, era su favorito. Ni siquiera la biblioteca, con sus libros, cuando iba a colocarlos, le gustaba tanto como aquello. Ya que ahí podía desarrollar su creatividad. Y, mientras lo hacía, tarareaba una canción que le recordaba a su infancia cuando hacía pan con su abuela.

―¡Ya está bien de figuritas, quítate de aquí, anda, vete a fregar platos!

―Ven, Lenny, no le hagas caso, hoy está cabreada…

A ella no le importaba fregar platos, aunque no le gustaba cuando alguien la trataba mal y se entristeció. De repente se quedó parada y no oía lo que su compañera le decía.

―¡Que espabiles, que estás empaná!

―A esta le faltan dos tornillos hoy, ja, ja, ja, ja.

Empezaron a llegarle empujones de unas y de otras y ni siquiera la que antes intentaba ayudarla, se acercó. Más bien se volvió y siguió con sus quehaceres, no quería entrar en polémicas. Entre empujón y empujón tiraron varias objetos al suelo, comida, agua… y Lenny acabó escurriéndose cayendo al suelo, dándose un golpe tan fuerte en la cabeza que murió en el acto.

Nadie dijo nada.

Nadie la socorrió.

Cuando los guardias entraron a la cafetería y la vieron, no preguntaron qué había pasado. Se la llevaron y nunca nadie supo más de ella, pues tampoco ningún familiar reclamó su cuerpo.

Lenny nació en una familia desestructurada, padres drogadictos, fue criada por su abuela. Cuando creció, acabó, inevitablemente, enganchada a la cocaína. Pasó por varios centros de desintoxicación y en una de sus salidas, cuando parecía que estaba curada, apuñaló a su abuela por un poco de dinero para volver a consumir.

El juez la condenó a treinta años, seis meses y quince días en la cárcel de mujeres del estado. Ella no asumió su condena y el día que entró en prisión comenzó a tener delirios. No reconocía el asesinato de su abuela y apenas se acordaba de su vida anterior, solo algunos detalles. Se volvió loca. Intentaron ingresarla en un hospital de salud mental, pero ella tenía tan asumido que la cárcel era su castillo que no dejó de gritar desde que salió y volvieron a internarla.

Ante la imposibilidad de que mejorara, decidieron ignorarla, al fin y al cabo no hacía daño a nadie y ella parecía feliz en su mundo de castillos, bosques, hadas y caballeros andantes. Sin embargo, era el foco de las burlas de sus compañeras hasta que ocurrió el desenlace.

Como no tenía familia, nadie se enteró de su muerte y nadie corrió con los gastos de su funeral. Decidieron donar su cuerpo a la ciencia y olvidar lo que allí había ocurrido.

Pero yo no puedo olvidarla, yo fui una de las que aquella mañana compartía cafetería con ella y la que, como casi todas, le di algún empujón que otro. Nunca nadie nos preguntó qué había ocurrido y tampoco nosotras lo contamos. Años después, terminé mi condena, salí de allí; pero no he podido olvidarme de ella, me arrepiento mucho de lo que pasó. Yo tampoco tenía familia y si hubiera muerto allí dentro, hubiera corrido la misma suerte. Desde entonces, intento ayudar a las chicas que están en prisión y no tienen familia, para que no se vuelvan como Lenny, para que no enloquezcan y para que alguien mire por ellas y las visite. El mes que viene, además, abro una asociación con este fin que se va a llamar en memoria de Lenny.



Mercedes Soriano Trapero
Para el blog El Tintero de Oro