04 octubre 2026

En memoria de Lenny.

 Relato para el blog El Tintero de Oro

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Se levantó temprano aquella mañana, justo cuando el gallo cantaba a lo lejos. Abrió la ventana y se deleitó con el aire fresco del alba y el bullicio de la ciudad que ya comenzaba a despertar igualmente. Los ecos de las voces de los vecinos pronto llegaron a sus oídos. Se dirigió a su coqueto armario y eligió un conjunto de blusa y pantalón azul que combinaba con sus ojos. Estaba contenta.

No tuvo que abrir la puerta porque una vecina vino a por ella.

―Venga, Lenny, hoy te toca cafetería.

―¡Qué bien! Me encanta esa cafetería, hacen un café delicioso. Gracias por venir a por mí para hacerme compañía.

―Sí, claro, eso dicen todas.

Junto a su acompañante, recorrió un gran pasillo, ella lo llamaba el corredor uno del castillo. En aquel lugar se amontonaban varias habitaciones y Lenny saludaba a todas las que se asomaban al corredor.

―Lenny, guárdame el mejor bizcocho, ja, ja, ja, ja.

―No te bebas todo el café.

―Dile a los guardias que se estiren con la leche, que el café sabe a meaos de gato.

Ella saludaba con una sonrisa en la boca, sin comprender muy bien las expresiones de sus vecinas. “Serán cosas suyas”, pensaba.

Cuando llegó a la cafetería, alguien le tiró un mandil y un gorro y la increpó para que se pusiera a trabajar cuanto antes. Iban con retraso pues uno de los repartidores había llegado tarde, gritaba a diestro y siniestro.

―Lenny, deja de hacer figuritas con el pan, ¡tenemos prisa!

―Déjala, Roco, no ves que ella se entretiene así.

―Como vengan los jefes ya verás tú la entretenera que le van a dar.

Lenny no parecía escuchar, ella colocaba el pan simulando algún animal o flores o lo que la imaginación le sugería. Le gustaba trabajar en aquella cafetería, de hecho, de todos los trabajos a los que acudía, era su favorito. Ni siquiera la biblioteca, con sus libros, cuando iba a colocarlos, le gustaba tanto como aquello. Ya que ahí podía desarrollar su creatividad. Y, mientras lo hacía, tarareaba una canción que le recordaba a su infancia cuando hacía pan con su abuela.

―¡Ya está bien de figuritas, quítate de aquí, anda, vete a fregar platos!

―Ven, Lenny, no le hagas caso, hoy está cabreada…

A ella no le importaba fregar platos, aunque no le gustaba cuando alguien la trataba mal y se entristeció. De repente se quedó parada y no oía lo que su compañera le decía.

―¡Que espabiles, que estás empaná!

―A esta le faltan dos tornillos hoy, ja, ja, ja, ja.

Empezaron a llegarle empujones de unas y de otras y ni siquiera la que antes intentaba ayudarla, se acercó. Más bien se volvió y siguió con sus quehaceres, no quería entrar en polémicas. Entre empujón y empujón tiraron varias objetos al suelo, comida, agua… y Lenny acabó escurriéndose cayendo al suelo, dándose un golpe tan fuerte en la cabeza que murió en el acto.

Nadie dijo nada.

Nadie la socorrió.

Cuando los guardias entraron a la cafetería y la vieron, no preguntaron qué había pasado. Se la llevaron y nunca nadie supo más de ella, pues tampoco ningún familiar reclamó su cuerpo.

Lenny nació en una familia desestructurada, padres drogadictos, fue criada por su abuela. Cuando creció, acabó, inevitablemente, enganchada a la cocaína. Pasó por varios centros de desintoxicación y en una de sus salidas, cuando parecía que estaba curada, apuñaló a su abuela por un poco de dinero para volver a consumir.

El juez la condenó a treinta años, seis meses y quince días en la cárcel de mujeres del estado. Ella no asumió su condena y el día que entró en prisión comenzó a tener delirios. No reconocía el asesinato de su abuela y apenas se acordaba de su vida anterior, solo algunos detalles. Se volvió loca. Intentaron ingresarla en un hospital de salud mental, pero ella tenía tan asumido que la cárcel era su castillo que no dejó de gritar desde que salió y volvieron a internarla.

Ante la imposibilidad de que mejorara, decidieron ignorarla, al fin y al cabo no hacía daño a nadie y ella parecía feliz en su mundo de castillos, bosques, hadas y caballeros andantes. Sin embargo, era el foco de las burlas de sus compañeras hasta que ocurrió el desenlace.

Como no tenía familia, nadie se enteró de su muerte y nadie corrió con los gastos de su funeral. Decidieron donar su cuerpo a la ciencia y olvidar lo que allí había ocurrido.

Pero yo no puedo olvidarla, yo fui una de las que aquella mañana compartía cafetería con ella y la que, como casi todas, le di algún empujón que otro. Nunca nadie nos preguntó qué había ocurrido y tampoco nosotras lo contamos. Años después, terminé mi condena, salí de allí; pero no he podido olvidarme de ella, me arrepiento mucho de lo que pasó. Yo tampoco tenía familia y si hubiera muerto allí dentro, hubiera corrido la misma suerte. Desde entonces, intento ayudar a las chicas que están en prisión y no tienen familia, para que no se vuelvan como Lenny, para que no enloquezcan y para que alguien mire por ellas y las visite. El mes que viene, además, abro una asociación con este fin que se va a llamar en memoria de Lenny.



Mercedes Soriano Trapero
Para el blog El Tintero de Oro



25 septiembre 2026

La autopublicación.

 


A todos los que nos gusta escribir hemos fantaseado alguna vez con escribir un libro, publicarlo y verlo en las estanterías de las librerías, ese es nuestro mayor sueño (o deseo). Con el paso de los años la labor de publicación ha aumentado, es decir, ya no hay cuatro editoriales famosas que llenan el mercado. Ahora hay mil (quizá me quedo corta), algunas con más renombre que otras y también las que funcionan como una imprenta y con otras opciones para publicar los libros, entre ellas, la autopublicación.

Las editoriales grandes, las conocidas, las que tienen un nombre en el mercado y que publican a los escritores más famosos, tienen su propio nicho de mercado. No publican nada que no les aporte beneficios, son empresas grandes, con muchos empleados y necesitan, por tanto, vender muchos ejemplares. Es por ello por lo que no van a arriesgar su dinero por autores que no sean conocidos, independientemente de si el libro es una maravilla o no.

Luego están las editoriales pequeñas que sufragan sus gastos con, o bien publicando el libro a medias: el autor paga parte del costo de impresión y maquetación del libro; o bien con la autopublicación: el autor paga todo el proceso de su libro y, además, cede parte de sus beneficios a la empresa, solo y exclusivamente por ponerle un nombre de una editorial al libro. Y, por último, está la autopublicación libre de intermediarios, por Amazon u otras páginas que solo ponen el sitio web para vender el libro, también se llevan un porcentaje pero es menor que el de una editorial.

Cuando escribes, terminas un libro y quieres verlo impreso y tener un ejemplar en tus manos con tu nombre y el título que has elegido en la portada y con las palabras que han salido de tu imaginación impresas, en lo único que piensas es en publicarlo. No quieres relegarlo al cajón de tu mesa y sentir cómo tu sueño se llena de polvo y olvidos en un rincón de tu escritorio. Quieres hacer todo lo posible porque ese “hijo literario” vea la luz. Pronto se descartan las editoriales famosas, también los concursos y pasa el tiempo y allí sigue olvidado tu manuscrito. De repente, aparece esa milagrosa palabra: autopublicación y ni te lo planteas, aunque se haga cierta la frase “yo me lo guiso, yo me lo como”, pero la satisfacción de ver un sueño cumplido no tiene precio.

¿Qué pasa luego? En un mercado saturado de libros y publicaciones; en una sociedad en la que el 40% de la población declara que no lee y donde las miles de aficiones que hay compiten con las palabras (una afición que requiere cierto esfuerzo) por hacerse un hueco, tus libros quedan relegados al último eslabón de una cadena que es muy larga, muy, muy larga. Pero no importa, la mayoría de los escritores nos sentimos orgullosos por ver a nuestros “hijos literarios” impresos, creados, editados y en la estantería, aunque solo sea la nuestra.

Ahora bien, si dices que has publicado un libro, bien; si dices que has autopublicado un libro, mal. Ya no te miran del mismo modo y ya no digamos a los libros. Parece ser que autopublicado es sinónimo de mala calidad, porque no ha pasado los estándares de calidad de la editorial X. ¿Y quién dice esto, quién dice que es de mala calidad, o que está lleno de faltas de ortografía o que no sirve? ¿Quién tiene tanta autoridad moral para declarar algo así? ¿Alguien experto en literatura o en libros o que es un sabio?

Quizá hay libros autopublicados llenos de faltas de ortografía, pero yo también las he visto en libros publicados en editoriales famosas. Y también, quizá, hay libros autopublicados que pasadas la segunda hoja ya dan ganas de dejarlos, pero también hay libros de autores famosos, de editoriales famosas que son un tostón desde el primer capítulo. Si despreciamos desde el minuto uno a la autopublicación, si despreciamos esta opción que es tan válida como la de editorial, nunca ningún autor autopublicado podrá llegar al eslabón de una editorial (y ya los hay, afortunadamente, que han llegado). Además, ya sabemos cómo muchas editoriales eligen a los libros que publican: concursos amañados; el hijo de o el marido de; sale mucho en televisión; es guapo/a; tiene dinero e, incluso, si es joven… A los simples mortales que no cumplimos esos requisitos nunca nos llegará esa oportunidad.

Cuando leas muchos, cientos, miles de autores autopublicados y de esos miles ninguno te haya gustado, entonces es cuando podrás decir que, efectivamente, en la autopublicación solo se publican obras de mala calidad. Mientras tanto, no puedes decir, ni siquiera mencionar que la autopublicación es igual a obras de baja calidad. No lo puedes decir, porque no lo has comprobado. Ahí tienes mis libros (y con esto no quiero echarme flores) o cualquiera de muchos autores noveles o autopublicados que hay por ahí, porque yo sí he leído a muchos, y te puede asegurar que no tienen nada que envidiar a los libros de autores famosos o de editoriales grandes. NADA. Y si no me crees, pásate por Amazon que ahí tienes unos cuantos.

Así que, por favor, ya puedes desterrar de tu cabeza, de vuestra cabeza, esa idea. Los autores autopublicados merecemos el mismo respeto que cualquier escritor consagrado, otra cosa es que no tengamos fama, ni muchos lectores, ni una editorial grande que nos respalde, pero tanto derecho tenemos a estar ahí como el resto. Y nunca, nunca consideraré a mis libros de baja calidad y si tú lo ves así, con no leerme es suficiente. Vuelvo a decir, lee autores autopublicados, atrévete a leerlos y después opinas, aunque, eso sí, no leas uno, dos o diez, no, una cifra considerable, de lo contrario tu opinión seguirá siendo pobre y sin argumentos.



Mercedes Soriano Trapero
Foto: copilot



21 septiembre 2026

La importancia de la lectura.



Ayer leí un artículo sobre un dato, no sé cómo calificarlo, raro, sorprendente, extraño, alucinante… (Supongo que ya habréis pinchado sobre el enlace y lo habréis podido leer). Pagar por leer para evitar el deterioro cognitivo. “¿Qué?”, exclamé tras leerlo. Y es que es tan sorprendente, pero a la vez tan “normal” de este siglo lleno de scroll infinito que puedes tomarte el dato de tres maneras diferentes:

1º Reírte, tomártelo a guasa, e, irónicamente hablando, mencionar que, lo más seguro y si pagan con carácter retroactivo, en próximas semanas estaré emigrando a Singapur. Soy rica, aunque paguen poco.

2º Llevarte las manos a la cabeza, escandalizarte, cabrearte, no dar crédito a que algo así pueda suceder y acordarte de toda la población analfabeta que no lee ni los prospectos de las medicinas (bueno, esto, dependiendo de lo que sea, es mejor).

3º Después de pasar por la segunda opción, reflexionar un poco y pensar que, bueno, quizá es porque la población está envejecida y no pueden leer por problemas de visión y demás (por buscar una salida digna) y, entonces, hacer un alegato en defensa de la lectura fomentando su importancia y motivando al personal a leer.

Y eso estoy haciendo, apostando por la opción tres, lo que pasa que he hablado tanto de la lectura en este blog, le he dedicado tantas líneas, artículos, páginas, secciones, hasta una revista…, que cualquier cosa que añada será redundante.

Aceptamos que no guste leer, que no sea la afición favorita de algunas personas, no todos tenemos que tener los mismos gustos. Vale. Bien. Lo acepto (aunque no lo comparta). Pero es que no estoy hablando de leer cien libros al año, ni siquiera cincuenta. Estoy diciendo que se DEBE LEER ALGO, puede ser un artículo de un periódico, un cómic, una novela gráfica…, cualquier cosa es válida para que el cerebro no se deteriore y ya no hablemos de la repercusión cultural que esto puede tener en tu persona. Diez minutos al día. Nada más. Con esto adquirirás un hábito nuevo muy beneficioso para tu cabeza. Si todos intentamos hacer algo de ejercicio físico porque es bueno para nuestra salud, ¿por qué no hacemos lo mismo con el cerebro? Pues para esto sirve la lectura (entre otras muchísimas cosas).

Como se suele decir, allá cada uno con su cuerpo y cabeza, pero de la misma manera que todos, juntos a ser posible, debemos preocuparnos por el medio ambiente y la salud del planeta porque repercute en el futuro de la humanidad; lo mismo ocurre con la lectura, si creamos y fomentamos una sociedad analfabeta, ¿qué futuro nos puede esperar? Posiblemente, no muy bueno. Si no tenemos formación, ni cultura, ni unos conocimientos básicos…, ¿qué esperamos? ¿Que la IA lo resuelva todo? Créeme cuando te diga que esto no es, ni de lejos, la mejor opción.

Últimamente nos llegan noticias como esta que señalo, o el famoso informe Pisa donde España está a la cabeza, pero empezando por el final; o datos como que es la primera vez en la historia de la humanidad que los hijos son más tontos que los padres; o lo que vemos todos los días en las aulas, personas sin valores (la mayoría), sin conocimientos básicos, sin motivación al estudio y, por ende, sin leer y, encima, jactándose de no haber abierto un libro en su vida… Pero eso sí, con el móvil de 1000€ en el bolsillo y otras cosas más que prefiero omitir porque el artículo se extendería demasiado. ¿Este es el futuro que nos espera? Y no se trata de rasgarse las vestiduras, ni de hacernos falsas esperanzas (tampoco está tan mal la cosa); se trata de no mirar hacia otro lado, de poner todos nuestro granito de arena, no solo en nuestro propio beneficio (es decir, mirar por nuestro bienestar físico e intelectual), sino también por el de los demás.

De la misma manera que caminar, al menos media hora al día, es bueno para la salud; leer, al menos diez minutos al día, también. La lectura fortalece el cerebro, la actividad mental, la concentración, la atención, la memoria, reduce el estrés, previene el deterioro cognitivo, fomenta la creatividad, amplía la cultura, mejora el vocabulario, estimula la imaginación, etc.

Si ya lo haces, es decir, si ya lees, mi enhorabuena, mantén este hábito para siempre. Si no lo haces, no sé a qué estás esperando…



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay




 

18 septiembre 2026

Historias que pasan.

 



12:30 am

Me encamino al baño del centro educativo donde trabajo. Antes de entrar, las llaves que usamos para abrir las clases, taquilla, etc., deciden caerse y soltarse de la anilla que las sujetaba. Las recojo y ante la imposibilidad de guardarlas en un bolsillo, opto por dejarlas en la mano y con ellas de esa guisa inicio la operación evacuar aguas menores. Cuando termino y me giro a apretar el botón de la cisterna, la llave que se había soltado y que llevaba en la mano derecha, cobra vida y se precipita al vacío de la taza, sí, como leéis, ahí en medio con toda su agüita amarilla rodeándola.

¡Que no cunda el pánico! ¡Piensa! ¡Hay que recuperarla! Me digo.

Salgo del baño y dejo a una compañera de centinela en la puerta: no puede pasar nadie, ya bastante es con mi agüita amarilla como para tener la de las demás u otra cosa peor (mejor no pensarlo). Me voy a conserjería y pido un guante. Y con él en la mano, procedo a operar al excusado.

La muy aventurera llave allí seguía, en el fondo, plácidamente asentada. Tras recuperarla, comienzo la operación desinfectante, primero un baño con agua (del lavabo claro); después dos baños con gel hidroalcohólico (el de Mercadona); un secado rápido con tres o cuatro servilletas de papel; nuevo riego con desinfectante, no sé de qué clase, que he encontrado por ahí; media hora de permanencia con ese líquido; otro secado rápido con tres o cuatro servilletas y envoltura final en un par de ellas más para pasar el fin de semana (al menos) en cuarentena. Posiblemente, el domingo pase otro control sanitario, pero mientras tanto aislada.

Y no dejo de pensar: ¿será suficiente desinfección? Mira que tienen recovecos y recovecos. No sé, lo mismo el lunes pido otra… Creo que cada vez que la mire, la veré hundida en esa taza, ahí, rodeada de bacterias.

¿Qué haríais vosotros?


(Basado en hechos verídicos).
Foto: pixabay


11 septiembre 2026

La realidad.

 


Despierto sobre una mullida almohada,

se escucha un ligero susurro,

es el viento que baila entre los árboles.

En mi mente, un solo pensamiento,

que la persona que duerme a mi lado se despierte.

Juntos surcaremos las olas de las sábanas

a bordo de un trineo de delfines…


Síndrome del impostor: ¡espera, espera, espera! ¿Eso vas a escribir?

¿En serio? ¡Qué cursi!

Escribe algo más real, algo del siglo XXI,

algo que no parezca tan “rosa”.


Eran las cuatro de la mañana,

el viento rugía contra la ventana

y mi pensamiento pedía a gritos que te despertaras.

Quería besarte y dejarme mi piel en tu piel.

El alba nos encontraría abrazados, fundidos en uno solo…


Síndrome del impostor: ¡espera, espera, espera! ¿De verdad vas a seguir así?

¿Es que no se te ocurre otra cosa? Así no te va a leer ni tu sombra…


La luna nos tendría envidia

y el sol brillaría con menos intensidad.

Pero un gran ronquido me confirmó que esta noche…,

ni viento,

ni olas en las sábanas,

ni delfines,

ni besos,

ni abrazos,

nada.

Me desperté por un ronquido en mi oreja.

Silbé como el viento para ver si se callaba.

Y tal vuelta se dio que sentí como si una ola

me arrastrara entre las sábanas.

En ese momento, las uñas de sus pies,

que parecían delfines, se me clavaron en las piernas.

Rugí igual que el viento contra la ventana.

Desesperada, me abracé a la almohada

y salí de la habitación buscando refugio.

Al alba, la luna me encontraría dormida a pierna suelta

y ni el brillo del sol me despertaría.


Yo: ¡chúpate esa, síndrome del impostor!



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay