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23 octubre 2026

Paco.

 



La gente gritaba su nombre: ¡Paco, Paco, Paco!, y Paco sonreía, pero no creía que era a él al que llamaban.

―Paco, tío, te aclaman.

―¿A mí? ¿Y por qué a mí?

―Yo qué sé, saluda.

―¿Y si no es por mí y quedo como un panoli?

Y el público seguía: ¡Paco, Paco, Paco!

Y él volvía a sonreír, escéptico.

―Después te arrepentirás...

―¡Cállate ya, anda!

Y otra vez el público enervado gritaba: ¡Paco, Paco, Paco!

Y cansado ya, Paco se levantó y comenzó a saludar de manera efusiva a la gente, mientras las luces del estadio comenzaban a girar insistentemente buscando a Paco. Y allí estaba Paco, tapando los agujeros del césped y saludando al público, como si de un cantante se tratase, y la gente, entusiasmada, volvía a vitorear su nombre.

El otro Paco, el de la grada, después de que la gente de su alrededor lo mirara como a un loco, abandonó el estadio con las orejas cabizbajas y las manos en los bolsillos. Su amigo ni se inmutó y se quedó a terminar de ver el partido.



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay



04 octubre 2026

En memoria de Lenny.

 Relato para el blog El Tintero de Oro

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Se levantó temprano aquella mañana, justo cuando el gallo cantaba a lo lejos. Abrió la ventana y se deleitó con el aire fresco del alba y el bullicio de la ciudad que ya comenzaba a despertar igualmente. Los ecos de las voces de los vecinos pronto llegaron a sus oídos. Se dirigió a su coqueto armario y eligió un conjunto de blusa y pantalón azul que combinaba con sus ojos. Estaba contenta.

No tuvo que abrir la puerta porque una vecina vino a por ella.

―Venga, Lenny, hoy te toca cafetería.

―¡Qué bien! Me encanta esa cafetería, hacen un café delicioso. Gracias por venir a por mí para hacerme compañía.

―Sí, claro, eso dicen todas.

Junto a su acompañante, recorrió un gran pasillo, ella lo llamaba el corredor uno del castillo. En aquel lugar se amontonaban varias habitaciones y Lenny saludaba a todas las que se asomaban al corredor.

―Lenny, guárdame el mejor bizcocho, ja, ja, ja, ja.

―No te bebas todo el café.

―Dile a los guardias que se estiren con la leche, que el café sabe a meaos de gato.

Ella saludaba con una sonrisa en la boca, sin comprender muy bien las expresiones de sus vecinas. “Serán cosas suyas”, pensaba.

Cuando llegó a la cafetería, alguien le tiró un mandil y un gorro y la increpó para que se pusiera a trabajar cuanto antes. Iban con retraso pues uno de los repartidores había llegado tarde, gritaba a diestro y siniestro.

―Lenny, deja de hacer figuritas con el pan, ¡tenemos prisa!

―Déjala, Roco, no ves que ella se entretiene así.

―Como vengan los jefes ya verás tú la entretenera que le van a dar.

Lenny no parecía escuchar, ella colocaba el pan simulando algún animal o flores o lo que la imaginación le sugería. Le gustaba trabajar en aquella cafetería, de hecho, de todos los trabajos a los que acudía, era su favorito. Ni siquiera la biblioteca, con sus libros, cuando iba a colocarlos, le gustaba tanto como aquello. Ya que ahí podía desarrollar su creatividad. Y, mientras lo hacía, tarareaba una canción que le recordaba a su infancia cuando hacía pan con su abuela.

―¡Ya está bien de figuritas, quítate de aquí, anda, vete a fregar platos!

―Ven, Lenny, no le hagas caso, hoy está cabreada…

A ella no le importaba fregar platos, aunque no le gustaba cuando alguien la trataba mal y se entristeció. De repente se quedó parada y no oía lo que su compañera le decía.

―¡Que espabiles, que estás empaná!

―A esta le faltan dos tornillos hoy, ja, ja, ja, ja.

Empezaron a llegarle empujones de unas y de otras y ni siquiera la que antes intentaba ayudarla, se acercó. Más bien se volvió y siguió con sus quehaceres, no quería entrar en polémicas. Entre empujón y empujón tiraron varias objetos al suelo, comida, agua… y Lenny acabó escurriéndose cayendo al suelo, dándose un golpe tan fuerte en la cabeza que murió en el acto.

Nadie dijo nada.

Nadie la socorrió.

Cuando los guardias entraron a la cafetería y la vieron, no preguntaron qué había pasado. Se la llevaron y nunca nadie supo más de ella, pues tampoco ningún familiar reclamó su cuerpo.

Lenny nació en una familia desestructurada, padres drogadictos, fue criada por su abuela. Cuando creció, acabó, inevitablemente, enganchada a la cocaína. Pasó por varios centros de desintoxicación y en una de sus salidas, cuando parecía que estaba curada, apuñaló a su abuela por un poco de dinero para volver a consumir.

El juez la condenó a treinta años, seis meses y quince días en la cárcel de mujeres del estado. Ella no asumió su condena y el día que entró en prisión comenzó a tener delirios. No reconocía el asesinato de su abuela y apenas se acordaba de su vida anterior, solo algunos detalles. Se volvió loca. Intentaron ingresarla en un hospital de salud mental, pero ella tenía tan asumido que la cárcel era su castillo que no dejó de gritar desde que salió y volvieron a internarla.

Ante la imposibilidad de que mejorara, decidieron ignorarla, al fin y al cabo no hacía daño a nadie y ella parecía feliz en su mundo de castillos, bosques, hadas y caballeros andantes. Sin embargo, era el foco de las burlas de sus compañeras hasta que ocurrió el desenlace.

Como no tenía familia, nadie se enteró de su muerte y nadie corrió con los gastos de su funeral. Decidieron donar su cuerpo a la ciencia y olvidar lo que allí había ocurrido.

Pero yo no puedo olvidarla, yo fui una de las que aquella mañana compartía cafetería con ella y la que, como casi todas, le di algún empujón que otro. Nunca nadie nos preguntó qué había ocurrido y tampoco nosotras lo contamos. Años después, terminé mi condena, salí de allí; pero no he podido olvidarme de ella, me arrepiento mucho de lo que pasó. Yo tampoco tenía familia y si hubiera muerto allí dentro, hubiera corrido la misma suerte. Desde entonces, intento ayudar a las chicas que están en prisión y no tienen familia, para que no se vuelvan como Lenny, para que no enloquezcan y para que alguien mire por ellas y las visite. El mes que viene, además, abro una asociación con este fin que se va a llamar en memoria de Lenny.



Mercedes Soriano Trapero
Para el blog El Tintero de Oro



03 septiembre 2026

La gota.

 



Aquel día llovía y una gota descarriada, después de la tormenta, se afanaba en caer cerca de su ventana desde el tejado. La perturbaba. Hubiera salido al jardín a recoger a aquella descarriada si no fuera porque de nada serviría: comenzaría a llover en breve. El cielo era una manta de nubes.

Sin embargo, no llovió, ni en ese instante ni en la hora posterior, así que la indignante gota seguía balanceándose a sus anchas cerca de su ventana.

Se asomó al exterior, pero no vio la procedencia de la mísera gota y justo cuando se estaba calzando para salir, un trueno retumbó a lo lejos. Abortó la operación gota miserable en el tejado y regresó a su plácida habitación.

El trueno desató un conjunto de rayos, pero ni una gota más cayó del cielo, por lo que la escandalosa gota siguió a sus anchas.

Dos horas después lo único que oía era el sonido de la peor gota de la historia de la humanidad cerca de su ventana. Ya tan cerca que amenazaba con instalarse hasta en su cama.

Desesperada, cogió un martillo, una sierra, un taladro y un cubo y salió dispuesta a resolver aquella situación.

Y, en ese preciso momento, comenzó a llover a cántaros y todas las gotas del mundo acabaron sobre ella. Eso sí, la gota en cuestión no volvió a oírse.





Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay



06 agosto 2026

La entrevista.

 




Respiró hondo. Exactamente los ocho segundos que le distaban de la hora en la que, quizá, su vida cambiaría.

Con un suspiro final entró en la sala de reuniones, aquí la esperaba el director de Recursos Humanos para una entrevista de trabajo. En los últimos días, tanto había pensado en aquellos momentos que cuando contempló lo que había delante de sus ojos no supo cómo reaccionar: el director de Recursos Humanos hablaba por teléfono mientras una señorita, agachada a sus pies, le hacía la pedicura.

Con un gesto le indicó que pasara y tomara asiento. Nunca se está preparado ante un momento así y no sabía si tomarlo como una estratagema del departamento de Recursos Humanos o como un hecho real, al fin y al cabo todos tenemos que cuidar las uñas de los pies, aunque, tal vez, no fuera el sitio apropiado.

―Buenos días, señorita Pérez, no le molestará la situación, ¿verdad?

―Buenos días. No, en absoluto, es su empresa y usted manda. No obstante hay lugares más apropiados para esto. ―Intentó no decir nada al respecto, pero no pudo evitarlo.

―Sí, claro, disculpe, pero soy modelo de pies y ahora después tengo un pase.

Tampoco pudo evitar mirarle los pies, la situación ampliaba su sorpresa por momentos.

―Y no se preocupe por Paula, es mi asistente personal y, como ve, lleva auriculares, se lo he ordenado yo. Esto es una entrevista de trabajo seria.

"Seria, sí, muy seria", pensó, "y la tal Paula puede llevar los auriculares apagados".

―Bien, pues cuénteme qué le ha traído por aquí y por qué quiere trabajar con nosotros.

Iba a hablar, pero él seguía con el teléfono en la oreja a pesar de todo el parlamento que ya habían mantenido.

Carraspeó, presa de la incertidumbre, y tuvo, inevitablemente, que mencionar el hecho.

―¿No esperamos a que termine la llamada?

―¡Ah! ¡El teléfono! ¡Perdone de nuevo! No es una llamada. Estoy oyendo una conferencia de un colega en EEUU. Luego tengo que escribir un artículo para una revista en la que colaboro.

Aquel hombre era, sin duda, una caja de sorpresas. Se sentía incómoda, pero sequía pensando que quizá era una prueba más de la entrevista.

―Si quiere vengo en otro momento en que esté menos ocupado…

―No, señorita Pérez, por favor, quédese y, de nuevo, le reitero mis disculpas. Tengo la agenda demasiado colapsada. Proceda, por favor, proceda.

Se quedó con la boca abierta porque iba a hablar cuando llamaron a la puerta y un hombre con dos loros, uno en cada hombro, entró a la sala. Y así se quedó, sin saber si reír, llorar o mantener la compostura. Optó por esto último.

―Ya están arreglados, los dejo ahí en su jaula, ¿de acuerdo? Piolín está un poco nervioso, creo que quiere aparearse, pero Peppa no está por la labor.

"No te rías, no te rías", pensaba una y otra vez.

―La historia de siempre, Julio, el hombre propone y la mujer dispone.

―Ja, ja, ja, ja. Ya te digo. Bueno, los dejo en su jaula a ver si allí se animan.

―Ay, de verdad, disculpe de nuevo. Los loros son de mi mujer, los estoy cuidando porque ella está en Costa Rica con su entrenador de padel.

Su cara ya era un poema. Sin duda, aquello era una cámara oculta. Imposible que fuera real y...

―No se alarme, su entrenador es homosexual, no me está poniendo los cuernos. Ha ido allí a conocer a la madre del susodicho, porque ella no sabe que es gay y se va a hacer pasar por su mujer. Es una larga historia, lo siento de nuevo. Pensará que esto parece una comedia, pero no, no lo es y tampoco hay una cámara oculta por aquí. Sigamos…, ¿por dónde íbamos?

Y de nuevo cuando iba a hablar, otra interrupción. El director se quitó con brusquedad el teléfono de la oreja porque, al parecer, la conferencia había terminado y estaban aplaudiendo.

A esas alturas, no sabía ya ni cómo se llamaba, ni lo que tenía que contestar, ni lo que pretendía aquel director de Recursos Humanos, así que, aunque era el trabajo de su vida, se levantó con educación y dijo:

―Voy un momento al baño, porque me he dejado a mi gatita allí encerrada y no quiero que la arme si detecta a los loros de su mujer, ―exclamó con una sonrisa en la boca, evitando así mandarlo a la mierda. Con personal de esa manera, quizá no merecía tanto la pena trabajar en esa empresa.

―Me parece una idea estupenda. ¡Ah, señorita Pérez! Cuando vuelva del baño, no hace falta que pase por aquí, ahí fuera está la secretaria, le dice de mi parte que le dé su contrato para firmar, está contratada. Empieza el lunes.



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay


18 julio 2026

Un momento de mierda.

 



Apareció antes de tiempo y ni siquiera le dio tiempo a pensar qué iba a decirle.

Se presentaron con un lacónico hola y se sondearon con la mirada. Los siguientes agonizantes segundos fueron una carrera en contra, del pensamiento y de la incomodidad. El primero bullía en sus mentes intentando escudriñar algo interesante que decirse. La segunda se presentaba en sus rostros y amenazaba con instalarse también en aquella conversación que no fluía. Quizá habían precipitado aquel encuentro.

Un tercero apareció al rescate, un pájaro oportuno, quizá movido por la curiosidad del instante, se posó en una rama cercana y depositó la digestión de sus tripas en el suelo, muy cerca de sus pies. Ni uno ni otro se habrían imaginado jamás que una mierda sería lo que les haría romper el hielo de ese encuentro.

Hermanos de madre, separados desde siempre y que ahora se encontraban por primera vez, al entrar en contacto a través de las redes sociales.

―¡Joder con el pájaro, por poco nos llena de mierda los pies!

―Ya te digo, ha debido comer bien porque menuda mierda nos ha echado.

―Ja, ja, ja, ja.

Y así comenzó aquella relación de hermanos, desconocidos hasta unos meses atrás, pero que las circunstancias les habían hecho encontrarse.

Años después, ninguno olvidó ese momento y ambos lo recordaban con una sonrisa. No tuvieron una infancia común, pero sí un futuro unidos y eso era lo más importante.


Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay


07 diciembre 2025

Espejo, espejito..., ¿quién...?

 

Relato para el Tintero de Oro


Me despierto gracias a un ligero rayo de sol que entra por la ventana, hoy es domingo y no tengo que madrugar para ir a trabajar. Me duele todo el cuerpo, anoche tuve sesión doble de cine con una amiga y me duele el culo y los riñones, tanto sofá no es bueno.

¿Qué hora será? He quedado con Marta para desayunar... ¡Oh, no! ¡Las doce! Al cuerno la ducha, ¿qué me pongo?

Tras tres blusas, un par de pantalones, un vestido y una falda, me decanto por el chándal, perfecto para los domingos. Además, este es de Zarra Alberska y es muy cool, como dicen ahora las niñas. A ver qué tal me queda, desde que me lo probé en la tienda no he vuelto a mirarme en el espejo…

¿Qué ocurre? ¿Eso es agua?

La superficie del espejo está mojada y dos regueros de un líquido similar al agua caen rodando por él.

Que yo sepa por la habitación no pasa ninguna tubería… No hay nada por detrás… ¡Mamá! ¡Mamá! Un momento, mamá no va a venir, ya soy una mujer madura independiente… ¡Ayyyyy, qué miedo! ¿Qué ocurre? Venga, Leti, hermosa, cálmate, sé razonable, un espejo no echa agua, si fuera en el baño, quizá, pero aquí no. Eso será la condensación por la calefacción… ¡Qué digo! Pero si hace un mes que no pongo la calefacción, estamos en mayo. Le habrá caído agua de algún sitio y está goteando, se limpia y asunto arreglado… Voy a por un trapo… ¡Hala! Ya está... ¡Ay, madre, que sigue… ¿llorando?! ¿Son lágrimas? Venga, vale, ahora me vas a decir que tú eres el espejo mágico y yo Blancanieves… ¿Qué quieres? ¿Que me quite el chándal? ¿Es eso? Pues me lo quito y ya está… Mira, ya está, fuera el chándal. ¿Estás contento?

―Pues la verdad es que sí, yo no sé cómo te ibas a atrever a salir a la calle así…

―¡Aaaaaahhhh! ¿Quién ha dicho eso?

―Pues el espejo, ¿quién va a ser? ¿No estabas hablando conmigo?

―¡Ay, madre, ay, madre! ¡Esto es una pesadilla! ¡No! ¡Una broma! Ya, claro, esto es una broma de Marta, la muy…

―Qué pesadez, siempre igual. A ver, Leti, querida, soy una puerta fantástica, un portal a otra dimensión y… ¡¡¡te esperan al otro lado!!! ¡¡¡Ya!!!

―¿El qué?

―Y encima sorda… Mira, bonita, tengo tres casas más que recorrer y ya voy tarde. Así que echa una pierna por encima de mí y al otro lado te explican…

―¿Y esa luz? Echas agua y brillas… ¡oh!

―Eso, eso, ¡ve hacia la luz! (¿Esto no era de una película? Tengo que ver menos cine humano).


Aunque estoy muerta de miedo, atravieso el espejo tal como me indica, la curiosidad siempre ha podido conmigo y al otro lado me encuentro un paisaje fascinante: una tienda de ropa, como un Zarra Alberska pero a lo bestia. Lo único que la ropa es un poco rara y los colores…

―¡Vaya! Me he equivocado, las prisas no son buenas, ese portal no es el tuyo… Eso ha sido por verte con el chándal. ¡Ahora, cruza ahora!

¡Qué espejo más maleducado! Ha tirado de mí como si yo fuera un gato, cogiéndome del cogote… ¡Oh! Esto es mejor que antes, una pastelería enorme…, ¡espera! ¿Ese pastel gigante viene hacia mí? ¡¡¡Me va a comeeeerrrrrrr!!!

―Justo a tiempo, otra vez me he equivocado… Debo tener algo mal, no deberías haberme limpiado.

―¡¡¡Me va a dar un infarto, lo sabes!!! No vuelvo a atravesarte, ni a ti ni a nada, ¡me oyes! Ahora mismo te saco a la basura y que te lleven los basureros.

―No puedes.

―¡¿Cómo que no?! ¡¿Quién te crees que soy?!

―Inténtalo. Eres Leti, la amazona del olimpo dos.

―¿Me estás retando? Ahora mismo lo hago si quiero… Un momento, ¿has dicho: amazona, olimpo?

―Sí, y dos.

―¿Y eso qué significa?

―Que en el olimpo dos te esperan para que cumplas tu tarea, ¡y ya llegamos tarde!

―¿Olimpo? ¿Dioses?

―No, bonita, no te lo creas tanto. Olimpo es un lugar fantástico con hadas, duendes, elfos y cosas de esas.

―¿Y qué se me ha perdido a mí allí?

―El unicornio.

―¿¡Qué!?

―Tira para dentro, que ya me has hecho hablar demasiado.


Cuando atravieso el espejo por tercera vez, me encuentro con un bosque, el típico paisaje de las películas de fantasía. Pero soy incapaz de moverme, me tiemblan las piernas y me espero que, de un momento a otro, cualquier cosa va a salir a mi encuentro y no precisamente para preguntarme qué tal estoy…

―¡Hola! ¿Qué tal estás?

―¡Aaaaaaahhhh! ―Hoy no gano para sustos. ―¿Y tú quién eres?

―¡Hola! ¿Qué tal estás?

No debe hablar mi idioma, ¿y si es peligroso? ¿Aquello que brilla es el espejo?

―¡Hola! ¿Qué tal estás?

―Oye, tú, espejo, ¿dónde me has traído esta vez? Solo está esto que no deja de repetir: “hola, ¿qué tal estás?”, todo el rato. ¡Sácame de aquí!

―Te estaba buscando, pero…, ¿por qué te has movido?

―Pero si no me he movido del sitio…

―¡Hola! ¿Qué tal estás?

―¡Ay, quítame ya a este pelmazo de encima! Ni ligando he tenido nunca a algún baboso parecido…

―Esa cosa es el eco. Ya regresamos… Me temo que estoy estropeado y no podré llevarte hoy a tu destino.

―¿Y me vas a dejar así, con la curiosidad? ¡Oye, espejo, espejo! ¡Vuelve! ¡¿A que me pongo el chándal?!




Mercedes Soriano Trapero


06 noviembre 2025

De estrella en estrella y tiro porque me toca.

 

Microrrelato para el blog el Tintero de Oro



Aquella noche las estrellas estaban revueltas, la luna llena las eclipsaba y la vida bullía en la vía láctea.

―Mummy, hay una fiesta en la Osa Menor, ¿me dejas ir?

―¿Y qué estrella se te ha perdido a ti por aquella constelación?

―Todas mis amigas van a ir…, déjame por fi…


La conversación fue interrumpida drásticamente por Orión que entró derrapando encima de una estrella fugaz.

―¡Mummy, mummy! ¡He cazado un centauro!

―Cállate, Orión, estaba hablando yo primero con ella.

―¡Ya! No peléis los dos. Casiopea, no puedes ir a la Osa Menor a ninguna fiesta y Orión, te tengo dicho que no caces centauros.

―¡¿Por qué?!

―Pero…, se puso en el trayecto de mi flecha…, yo no hice nada…

―¡Silencio los dos! Cada uno a su estrella.

―¡Mira, mummy! ¡Un humano!

―¿Dónde, Orión, dónde?

―Allí, cerca de las pléyades.

―No podemos ver a los humanos, Orión, estamos demasiado lejos... Deja de liar a tu hermana.

―Pero es verdad, mummy, mira…


En la tierra, un telescopio gigante jugaba a adivinar constelaciones. Detrás de su lente, un ojo humano parecía vislumbrar cierto movimiento en la Osa Mayor, tres estrellas parecían observarlo.

Cuaderno de cielo, 6 de agosto de 2025.

―2.05 a.m. el telescopio detecta movimiento extraño en la Osa Mayor, las estrellas parece que han cobrado vida y, además, me hacen señas...

―No puedo poner esto, me dirán que estoy loco.

―2.05 a.m. sin novedad, tranquilidad en la bóveda celeste, ningún cambio digno de destacar.



Mercedes Soriano Trapero
Para el Tintero de Oro



29 octubre 2025

La lluvia.

 



La lluvia caía con intensidad, hacía semanas que el cielo parecía caerse sobre sus cabezas. La tierra era un charco prolongado de barro, hojas y vida muerta. Su refugio ya no le servía para nada, estaba mojada, cansada y a punto de sucumbir ante los rigores de ese traidor otoño. “Y quedaba lo peor”, pensaba mientras el cuerpo tiritaba.

El derrape de un coche la sacó, a la fuerza, de su escondite. El automóvil, de lado, enseñaba sus partes bajas y en su interior una persona luchaba por salir del mismo.

Estaba asqueada del mundo y de la sociedad, no tendría por qué haberla ayudado, sin embargo, corrió hacia el coche y la ayudó a salir. Era una señora mayor, con sangre en la cabeza, algo desorientada, que aseguraba, entre lágrimas, que no sabía qué le había pasado.

El coche era un modelo de esos modernos que, en caso de choque, llamaba él mismo a emergencias y, pronto, apareció una ambulancia. Subieron a la accidentada a la misma y se la llevaron, mientras todo se llenaba de policías. Nadie le preguntó nada y hasta un policía la apartó sin demasiada cortesía “porque entorpecía su labor”.

Otro episodio más de esa sociedad egoísta.

Se volvió a su refugio de cartones y ramas y esperó a que, de una vez por todas, terminara la lluvia.

Al día siguiente dormitaba entre sus mantas húmedas cuando una voz le llamó la atención.

―¡Hola!

No contestó, era obvio que no esperaba visita.

―¡Hola! Por favor, me gustaría hablar contigo.

―Vale, pero yo no.

―Soy la persona a la que ayudaste ayer a salir del coche.

Intrigada, deslizó las mantas y asomó la cabeza y sí, era cierto, era la misma persona a la que ayudó, esta vez sin sangre y sin lágrimas en los ojos, solo con un apósito en la frente y un brazo en cabestrillo. Cerca, un coche aguardaba con el motor encendido y un hombre dentro, sin duda, esperándola.

―Por suerte, iba despacio y no me ocurrió nada peor; pero estaba agobiada, muy asustada y notar otra presencia humana que me ayudara, fue importante para mí. Cuando desperté, después, en observación me acordé de este lugar, de ti, de estos cartones y he venido en cuanto he podido… Me gustaría ayudarte, igual que tú lo hiciste conmigo. ¿Qué necesitas?

No supo qué decir, no podía ser cierto lo que le estaba pasando.

―No necesito nada, gracias.

Su orgullo habló por ella, además de su desconfianza, seguro que sería una trampa.

―Lo digo en serio, de verdad, dime qué necesitas.

Le hubiera gustado decir que necesitaba una casa, un trabajo, una comida en condiciones y vivir, pero daba igual, ya conocía cómo era la gente.

―Estás empapada, lleva mucho tiempo lloviendo. Vente a mi casa, podrás darte una ducha caliente, comer algo e, incluso, pasar la noche.

De repente, las lágrimas acudieron a sus ojos, no quería llorar, no quería que esa mujer la viera así, pero le ofrecía tanto en aquel momento que por un lado deseaba ponerse de rodillas a sus pies y darle las gracias, pero por otro, tantas veces había caído en esas trampas: prostitución, violencia…

La mujer le tendió la mano y ella…, la tomó mientras miraba al cielo rezando porque esa vez fuera diferente.

Y sí, lo fue, la mujer vivía sola en una gran mansión, sus hijos vivían lejos. Solo tenía la ayuda de una mujer que le limpiaba de vez en cuando y su marido que hacía las veces de conductor cuando ella lo necesitaba porque, como había quedado demostrado, no se le daba bien conducir. No solo le ofreció una ducha, comida y un lugar donde pasar la noche, sino un trabajo como persona de compañía, a tiempo completo, con las vacaciones que quisiera, techo y un buen sueldo para disfrutar de la vida.

La lluvia caía con intensidad, pero ahora ella la contemplaba a través de la ventana.



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay