Aquel día llovía y una gota descarriada, después de la tormenta, se afanaba en caer cerca de su ventana desde el tejado. La perturbaba. Hubiera salido al jardín a recoger a aquella descarriada si no fuera porque de nada serviría: comenzaría a llover en breve. El cielo era una manta de nubes.
Sin embargo, no llovió, ni en ese instante ni en la hora posterior, así que la indignante gota seguía balanceándose a sus anchas cerca de su ventana.
Se asomó al exterior, pero no vio la procedencia de la mísera gota y justo cuando se estaba calzando para salir, un trueno retumbó a lo lejos. Abortó la operación gota miserable en el tejado y regresó a su plácida habitación.
El trueno desató un conjunto de rayos, pero ni una gota más cayó del cielo, por lo que la escandalosa gota siguió a sus anchas.
Dos horas después lo único que oía era el sonido de la peor gota de la historia de la humanidad cerca de su ventana. Ya tan cerca que amenazaba con instalarse hasta en su cama.
Desesperada, cogió un martillo, una sierra, un taladro y un cubo y salió dispuesta a resolver aquella situación.
Y, en ese preciso momento, comenzó a llover a cántaros y todas las gotas del mundo acabaron sobre ella. Eso sí, la gota en cuestión no volvió a oírse.

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