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07 octubre 2024

Una receta extraordinaria, sexta parte.

 


Primeros capítulos en este enlace

6

Tuvieron que hacer caso al elfo y aunque intentaron buscar ellos mismos los utensilios de magia que, supuestamente, tenían en la casa, ni sabían dónde buscar ni qué. Lin, por su parte, recorría la casa con una agilidad pasmosa encontrando todo tipo de enseres mágicos: el tazón de leche de la abuela, su preferido, en realidad era un adivino del futuro; la vieja radio, un comunicador, ―por eso fallaba tanto, comentaba Elena―; la mecedora, un vehículo transportador; el rallador, un potente transformador de partículas; la cuchara de madera con la que Elena removía la comida todos los días, otra varita mágica… Y así hasta un sinfín de artículos más. A los niños les sorprendió, pero Elena estaba perpleja, eran cosas que ella utilizaba a diario y, excepto la radio, que siempre sintonizaba emisoras extranjeras, ―o eso creía ella―, nunca había sospechado nada.

―Como le he dicho a tu nieto, no mirabas con los ojos adecuados. Cada poco tiempo, un artículo mágico nuevo surgía en tu casa, esperando que tú o alguno de tus nietos lo descubrierais. Hace tiempo que deberías haber estado con nosotros.

―Pero yo…, yo… ―Elena titubeaba sin saber bien qué decir.

―Recuperados todos los objetos de magia, toca hacer las maletas, os ayudaría y lo haríamos en un segundo, pero prefiero que lo hagáis vosotros… Tenéis media hora. ―Comentó el elfo mirando un reloj o algo parecido que llevaba en un bolsillo―. Mientras, seguiré con la casa, es necesario tomar algunas precauciones.

―¡Solo media hora! No me va a dar tiempo. ―Protestó Lucía.

―Muy bien, pues nos iremos sin ti entonces.

Lin no se andaba con rodeos y Lucía salió corriendo a su cuarto a recoger todo. Mario y Elena la siguieron. El niño pensando que solo echaría sus juguetes en la maleta y Elena, sin creerse todavía lo que iba a suceder, haciendo memoria de los años pasados junto a esos utensilios mágicos.

Hubo que esperar cinco minutos más a que Lucía terminara, pero los tres estaban a la hora convenida en la puerta de la casa con sus pertenencias. Sin embargo, el elfo no estaba esperándolos o metiendo prisa, como acostumbraba desde que había llegado. Lo vieron pasando de una habitación a otra, deprisa, murmurando cosas y dejando unas pequeñas esferas en algunos puntos.

―Bien, he terminado, había mucho que hacer…

―¿Qué es eso que has ido dejando? ―Preguntó Mario.

―Magia. La casa estará viva mientras no estéis, para disimular, ya sabéis. Las esferas proyectarán vuestras siluetas y voces, por si alguien se acerca a mirar. Las luces se encenderán, saldrá humo por la chimenea… En fin, todas esas cosas que suceden en una casa. No queremos curiosos.

―Pero…, ¿es que no vamos a volver? ―Elena no se había ido todavía y ya echaba de menos su hogar.

―Sí, volveréis, algún fin de semana… No sé, lo que decidamos. Cuando empecéis a practicar magia, seréis peligrosos, pues podéis poner el riesgo a toda la comunidad si no domináis los hechizos o cualquier otra cosa.

―No creo que mis vecinos se den cuenta, nos separa mucha vegetación y tampoco creo que seamos peligrosos para ellos…

―Para ellos no, mi ingenua Elena, para la comunidad mágica. Cualquier error vuestro, nos puede poner al descubierto, por eso hay que tomar muchas precauciones, sobre todo, al principio.

Elena decidió callarse. Lin no era un ser muy cordial, solo esperaba que en el mundo mágico hubiera seres más cordiales, de lo contrario, quizá tendría ganas de volver a su hogar y olvidarse de eso de ser maga, bruja o lo que fuera. Por lo menos estaría con sus nietos y eso la alegraba, aunque no se encontraba lo entusiasmada que estaban ellos por esa aventura.


(Continuará)



Mercedes Soriano Trapero
Foto: canva

05 septiembre 2024

Una receta extraordinaria, quinta parte.

 



Primeros capítulos de esta historia en este enlace.


5


―¿Me vais a dejar entrar o qué? Menos mal que solo vosotros podéis verme y que no hay vecinos...

Un ser extraño los miraba al otro lado del umbral. No esperó a que le dieran permiso, se introdujo en la casa sin ningún miramiento. Elena y sus nietos lo miraban sorprendidos.

―Bien, tenemos muchas cosas que hacer, a ver, por dónde empezamos… Ah, sí, los saludos, protocolarios pero necesarios. Mi nombre es Lincevashj, pero podéis llamarme Lin, es más fácil para vuestras cabezas humanas… Y sí, soy un elfo.

Mario miró a su hermana, emocionado. Lucía era incapaz de quitar sus ojos del elfo y fue Elena la que pudo, por fin, hablar.

―¡Hola…, hola, Lin! Mi nombre es Ele…

―Sé vuestros nombres, no hace falta que me los recordéis… Hay prisa y tenemos muchas cosas que hacer, así que, vamos a ello.

El elfo no tenía ningún tipo de escrúpulos, quizá era un poco cascarrabias. Tenía la estatura de Mario, orejas puntiagudas, gran barba y unas gafas en la punta de su enorme nariz. Su ropa, pantalones verdes y casaca marrón, se veía vieja, con total probabilidad tenía su misma edad.

Cuando Elena vio que comenzaba a revolver toda la casa, le molestó y le llamó la atención.

―Espera, Lin, que tengas prisa no quiere decir que puedas revolver todo a tu antojo… Esta es mi casa.

El elfo se volvió, registraba en ese momento los muebles del salón, y colocándose las gafas que volvieron a su posición original en un segundo, se dirigió a Elena con cierta chulería.

―Creo, Elena, que no me has escuchado bien, soy un elfo, Lincevashj, el encargado de dar acogida a los nuevos miembros. Tengo pleno derecho a revolver tu casa si así se me antoja e, incluso, a quitaros la ropa si fuera necesario.

Los niños rieron.

―No me hace gracia, jovencitos, desde hoy y hasta dentro de un año estáis a mi servicio y haréis lo que yo diga.

―Bien, de acuerdo, pero cuando ellos estén contigo, Lincevashj, ahora están en mi casa, son mis nietos y yo haré lo que crea conveniente. ―Replicó Elena con el mismo tono con el que el elfo le hablaba y, además, pronunciando su nombre a la perfección dejando en evidencia al elfo.

Lincevashj se sorprendió, ligeramente, ante sus palabras y con pasos cautelosos se acercó hasta Elena.

―Tu hijo se llama Pedro, ¿verdad? ―Elena asintió―. Tendremos que llevarnos bien, pues ambos tenemos ciertos intereses en esta empresa. Por cierto, tú también vienes con nosotros, así que no te preocupes que verás cómo tratamos a tus nietos. Y, por favor, de verdad, hay prisa.

Lucía y Mario comenzaron a saltar abrazándose a su abuela. Esta no se acababa de creer lo que el elfo había dicho y también le extrañaba que hubiera mencionado a su hijo.

―Comprendo entonces, no buscaré yo las cosas, lo haremos entre todos… ¿Está bien? ―Lin extrajo una lista enorme del bolso que llevaba a la cintura y empezó a enumerar―. Necesitaréis todos los utensilios de magia que tenéis por la casa, son imprescindibles.

―Esto, Lin, lo siento, pero aquí no hay objetos de magia… ―Comentó Elena recuperándose del anuncio, para después añadir―. Y yo creo que no debería ir con vosotros, yo no quise aceptar la magia…

―Ya, eso fue hace tiempo, hace un momento has dicho que te arrepientes de esa decisión, así que, por suerte, puedes volver a acogerla. Es más, es petición expresa del mago supremo. No hay más que hablar… Y sí, sí hay objetos de magia. Durante todos estos años os hemos dejado varios utensilios para ver si, por fin, podías dar con ella. Ha costado un poco, no creas…

Lucía corrió a la cocina a por el libro de recetas maravillosas y en el armario encontró, de nuevo, un molde para hacer duendes.

―¿Es esto a lo que te refieres, Lin?

―Eso es, muy bien, Lucía, serás una buena alumna… Vamos a buscar más… ¡Mirad! Ahí está la varita mágica, lleva en esta casa cinco años y no la habéis descubierto. ―El elfo recogió el plumero que Mario había tirado cuando él llamó a la puerta.

―¿El plumero? Pero si lo he estado usando hace un momento, no hace nada extraño.

―¿Nada extraño, jovencito? No, nada extraño no, hace magia. ―Y apuntando hacia uno de los cojines del salón lo transformó en un florero.

―¡Hala! ―Exclamó, Mario, encantado.

―Me temo que nos queda mucho trabajo por hacer, todavía tenéis ojos humanos, hasta que aprendáis a usar los ojos de la magia no haremos nada… En fin, para eso he venido. ¡Vamos!


(Continuará)



Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay





05 agosto 2024

Una receta extraordinaria, cuarta parte.

 


Primeros capítulos de esta historia en este enlace.


4


A la mañana siguiente, Lucía y Mario se levantaron casi recuperados. Estaban tan emocionados que era difícil mantenerlos en la cama por más tiempo. No dejaban de acosar a su abuela con preguntas, a las que no podía contestar.

―¿No te importa que vivamos contigo todo el año, abuela? Quizá somos un incordio para ti. ―Lucía, más comprensiva que Mario, reflexionaba sobre el cambio de vida que les esperaba a partir de septiembre.

―No, hija, ni mucho menos, al contrario, me alegraréis la vida… Además, esta casa es muy grande para mí sola.

Ninguno de los dos pudo zafarse del abrazo que su abuela les dio, también estaba emocionada.

―¿Y cómo será el colegio? ¿Y los compañeros? ¿Todos serán magos? ¿Y podremos volar? Y…

―Mario, ya te lo he dicho, no sé contestar a tus preguntas, así que para un poco ya…

―¡Vaaaale! Bueno, la última, ¿por qué no aceptaste ser maga o bruja como Luna?

―Mira, esa es buena pregunta… La verdad es que me la he hecho a mí misma muchas veces…, supongo que me asusté, además de que pensé que mis padres no creerían lo que me había pasado… Supongo que alguno de ellos lo sería también, o mago, o bruja, no sé…

―¿Te arrepientes, abuela? ―Preguntó Lucía.

―Ahora, al veros a vosotros, creo que sí. Antes, con cuidar de vuestro abuelo y de vuestro padre, no tuve mucho tiempo de pensar en la magia, pero ahora que os veo…

―¡Pues vente con nosotros al colegio de magia! ―Interrumpió, ilusionado, Mario. ―Así ningún niño se meterá conmigo, estarás allí para defenderme…

―Mario, la abuela iría a otro curso…

―¿Por qué? Si empieza desde cero igual que nosotros, tendrá que empezar en primero, ¿no?

Elena, la abuela, soltó una carcajada por las teorías de sus nietos…

―No sé, niños, quizá me ha pillado ya algo vieja para magia…

―¡Que va, abuela! Si eres la más joven de todos mis amigos.

Mario se ganó otro abrazo de la abuela por su respuesta. Estaba claro que tenerlos allí le iba a hacer mucho bien.

―Le preguntaremos a Luna, ¿vale, abuela? ¿Quieres? ―Preguntó Lucía.

―Bueno, ya veremos… Por lo pronto, ahora mismo me ayudaréis con las faenas de la casa, ¿vale? Porque todavía hace mal tiempo para que podáis salir afuera.

―¡Vale! ―La abuela y Lucía se quedaron perplejas por la reacción del niño, él nunca quería ayudar en la casa, después lo comprendieron. ―Vamos a hacer algo del libro de recetas mágicas, tenemos que practicar…

―Ja, ja, ja, ja. Mario poco a poco, vale, poco a poco, luego después si eso nos ponemos con él a ver si hacemos otro duende.

En aquellas circunstancias y con la emoción corriéndole por las venas, era difícil calmar a un niño de ocho años al que le espera un futuro lleno de sorpresas e ilusiones. Sin embargo, ambos aceptaron la propuesta de la abuela con ganas.

No había pasado ni media hora de “trabajar” en la casa cuando sonó el timbre de la puerta. Mario salió disparado hacia la misma, soltando de mala manera el plumero que tenía en la mano. Al abrir, se quedó tan sorprendido que no pudo ni articular palabra. Su abuela, desde la otra punta de la casa, al ver que Mario no hablaba ni se oía a nadie más, corrió hacia la puerta, a la que también había llegado Lucía. Los tres miraban asombrados lo que al otro lado del umbral les esperaba...


(Continuará)


Mercedes Soriano Trapero
Foto: pixabay


29 julio 2024

Una receta extraordinaria, tercera parte.

 



Primeros capítulos de esta historia aquí: enlace.




3


Lucía y Mario no salían de su asombro, pero tenían miedo por cómo reaccionaría su padre. Este, al igual que su abuela, tenía magia, sin embargo, optó por no acogerla, como hizo su abuela. “¿Se creerá la historia del duende?”, pensaban.

Su abuela era partícipe de contárselo, no podían irse a vivir con ella sin que él lo supiera. Su madre, por desgracia, falleció al poco de nacer Mario y su padre ejercía de madre y padre lo mejor que podía. Siempre estaba pendiente de ellos y, según les había contado, antes de su llegada, él viajaba mucho por cuestiones de trabajo, pero cuando nació Lucía dejó el trabajo para dedicarse a ella y a su mujer. Lucía y Mario preferían contarle una “mentira pequeña”, como ellos decían, para que les dejaran vivir con su abuela. Esta, al igual que Pedro, su hijo y padre de Lucía y Mario, vivía sola; su marido murió al año de morir su nuera. Sus nietos fueron para ella un estímulo para superar la tristeza, al igual que para Pedro.

Sus cavilaciones cesaron cuando sonó el teléfono.

―Pedro, hijo, ¿qué tal? Justo estábamos hablando de ti. ―Mientras ella contestaba el teléfono, Lucía y Mario le hacían señas para que no explicara nada.

―Sí, Lucía está un poco mejor, pero ahora ha empezado Mario, se lo ha contagiado… No, no es necesario que vengas, están bien… Si le sube la fiebre demasiado te llamo… Sí, no te preocupes. ¿Quieres hablar con ellos? ―En ese momento, Lucía y Mario comenzaron a toser, no querían, todavía, hablar con él hasta que no supieran qué tenían que decirle. ―Sí, están algo roncos, será mejor que no fuercen la voz. Llama luego más tarde.

―Bueno, pues a dormir un poco, cuánto más descanséis, antes se curará ese resfriado… Pensaremos todos detenidamente cómo decírselo a vuestro padre.

―¡Abuela! ―Exclamaron los dos al unísono.

―¡A dormir!




A 150 kilómetros de distancia, Pedro sonreía después de hablar con su madre. Sin dejar el teléfono, marcó otro número.

―Luna, ¿qué tal ha ido? ―Al otro lado del teléfono, la bruja Luna le atendió la llamada con determinación―. No, no me han contado nada, ¿lo harán? Mi madre sí creo que me lo cuente, ellos no sé, es algo demasiado maravilloso y deben estar muy sorprendidos… Ja, ja, ja, un nombre original sí, crear un duende es lo mejor de todo, después ya la cosa se complica… Gracias por todo, seguiremos en contacto.



En el bosque, cerca del gran roble, la bruja Luna guardaba su intercomunicador, ella prefería este aparato a un móvil normal y corriente como el de los humanos. Con él, no solo se podía comunicar con los mortales, sino también con los grandes magos, hechiceros, semidioses y otras criaturas fantásticas que habitaban el mundo de la magia. De igual forma, le sirvió para conocer que, por fin, Lucía y Mario habían encontrado el libro de las recetas mágicas. Tal como Elena, su abuela, y Pedro, su padre, encontraron en su momento. La primera prefirió abstenerse de ese mundo, pero Pedro lo acogió, era inevitable, tenía un gran destino en el mundo de la magia, él era y es el gran mago, sucesor del rey de los magos cuando este abandone el mundo de los vivos.



(Continuará)



Mercedes Soriano Trapero
Fotos: pixabay


10 julio 2024

Una receta extraordinaria (segunda parte).

 


Primera parte de esta historia aquí.


Volvieron a casa entusiasmados, deseaban volver a ver al duende, pero aún quedaba un mes para la próxima luna llena. No podrían aguantar tanto. Pensaron incluso en hacer otro duende, sin embargo, el molde había desaparecido, lo olvidaron en el bosque junto al roble después de que el duende apareciera y cuando volvieron a buscarlo ya no estaba. Se lamentaron por ese fatal error, sobre todo Mario que quería realizar un regimiento de duendes para llevárselos al colegio, así, los abusones se olvidarían de él pues tendría su ayuda.

Tampoco se ponían de acuerdo en el nombre, si Lucía decía uno a Mario no le gustaba y viceversa, más de dos veces acabaron enfadados y la abuela mediando entre ellos. Esta, además, les preguntó en varias ocasiones qué se traían entre manos, por sus constantes viajes al bosque y el nerviosismo incipiente que demostraban. A punto estuvieron de contarle la verdad, sin embargo no sabían si podían confiar en ella.

Por fin, el día de la luna llena llegó, con tan mala suerte para ellos que ese día amaneció lloviendo y, según las previsiones, así continuaría por varios días. Esto produjo que Lucía cogiera un gran resfriado y la abuela les prohibiera salir de casa. Lo peor que les podía pasar. Tuvieron que idear un plan para que, al menos, uno de ellos fuera a ver al duende y como Lucía no se encontraba bien, fue Mario el encargado.

Al llegar junto al roble, el duende ya lo estaba esperando, Mario lo divisó enseguida sentado en la rama donde lo viera por última vez, iba a decirle “hola” cuando…

―¡Achís!

―Gracias por el nombre, me gusta mucho.

―¡No, no! Eso era un estornudo, mi hermana está resfriada y creo que yo también lo he cogido… Tenemos un nombre para ti…

―Ya no puede ser, la primera palabra que pronunciéis sería mi nombre…

―Pero…

―Es cierto, eso no os lo advertí. Se me olvidó, la verdad es que los duendes no somos olvidadizos, pero no sé qué me pasa…

―Serían las nueces, no estaban maduras. Te queríamos llamar Luma, como las primeras letras de nuestros nombres.

―Sinceramente, me gusta más Achís…

―Pero eso no es un nombre, es un estornudo…

―¿Y qué más da? Seré el primer duende llamado igual que un estornudo. Y bueno, ya habéis hecho todo lo que podíais por mí, ahora debo irme.

―¿Ya? Pero nosotros te hemos creado, debes estar con nosotros y ayudarnos cuando te necesitemos.

―Vosotros no me necesitáis, hay otros niños que me necesitan más.

―Pero…, pero…, en el colegio…

―Cuando me necesites, solo tienes que llamarme y acudiré, pero solamente si es algo importante. Si me llamas y es una tontería, ya no volveré nunca más. ¿Lo has entendido?

―Pues vaya, pensaba que tener un duende era otra cosa.

El duende ya no pudo escucharlo, se fue sin despedirse si quiera y dejó a Mario muy desilusionado, además de tiritando de frío.

No obstante, en casa de la abuela le esperaba una sorpresa peor. Ella se había dado cuenta de su partida y ya salía a buscarlo. Como llegó con fiebre, se ahorró la charla y pudo meterse en la cama para olvidar lo ocurrido con el duende. Tan desilusionado estaba que, una vez recuperado, contó lo ocurrido a su hermana y a su abuela.

―Pues vaya duende más mal educado, encima que lo creamos nosotros, se larga y nos da la espalda. ―Se quejaba Lucía.

―Sí y, además, si lo llamamos y es una tontería no volverá más…

La abuela los escuchaba con atención y, finalmente, dijo:

―Ese libro me lo dio una bruja…

―¿Una bruja de verdad? ―Interrumpió Mario.

―No me interrumpas, por favor, que tengo que contaros una historia que os va a sorprender… Sí, una bruja de verdad. Cuando yo tenía más o menos tu edad, Mario, la encontré en el bosque junto al roble, hablaba con un duende y los descubrí a los dos. El duende desapareció al verme, pero ella se quedó y me explicó que solo las personas con ciertos dotes pueden ver a los duendes, a las brujas y el libro que vosotros visteis. ―Un “¡oh!” enorme salió de la boca de los niños―. Tenía magia y podía usarla u olvidarla en un rincón de mi corazón, no la creí, cogí el libro y lo guardé y casi me había olvidado de él hasta que vosotros lo descubristeis. Tenéis magia, supongo que mi hijo, vuestro padre, también, pero nunca hemos hablado de esto. Ahora, vosotros tenéis la llave de la misma y tal como la bruja me dijo, podéis usarla u olvidarla.

―¡Usarla, usarla! ―Gritó Mario entusiasmado, mientras Lucía asentía.

―Entonces tenéis que estudiarla. Una vida de retos os espera y de vosotros depende que sea gratificante o no. Debéis siempre elegir el camino correcto y…


―Así es. ―La bruja a la que se refería su abuela apareció en la habitación sorprendiendo a los tres―. Mi nombre es Luna, bruja de los nuevos aprendices. Vengo a devolveros vuestro molde y como os ha contado vuestra abuela a preguntaros si queréis acoger la magia u olvidarla. El duende que habéis creado demuestra que sois brujos, igual que vuestra abuela lo fue en su momento al poder vernos. Ella decidió olvidarla, aunque su semilla ha seguido latente en su corazón y de ahí que vosotros también lo seáis. Si aceptáis, un nuevo colegio os espera a partir de septiembre, dejaréis a vuestros amigos y vuestra casa, os mudaréis aquí y empezará vuestra nueva vida de magia.

―¡Aceptamos! ―Exclamaron los dos al unísono.

―Bien, pues seguiremos en contacto. Es mejor que no comentéis nada a nadie, pues ya sabemos que el resto de humanos no cree en la magia. Nos veremos dentro de un mes.


(Continuará)


Mercedes Soriano Trapero
Fotos: pixabay


04 julio 2024

Una receta extraordinaria.

 

Cuento para el VadeReto del blog El Acervo de Letras






Mario y Lucía estaban aburridos, muy aburridos, las tardes del verano eran eternas y aunque se encontraban en casa de los abuelos, en el pueblo, las siestas no tenían fin porque ellos, como buenos niños, no dormían y solo deseaban que pasase pronto el calor para salir a la calle a jugar con los amigos. Así que comenzaron a deambular por la casa buscando algo diferente con lo que jugar.

―Mira, Mario, lo que he encontrado. ―Dijo Lucía desde el fondo de la despensa, casi escondida en un mueble en aparente desuso―. Un libro de recetas enorme y mira qué portada más bonita, no parece de recetas…

―¿Libro? ¿Recetas? Pues vaya tontería… ―Exclamó Mario cogiendo la tablet.

Lucía tenía diez años y le encantaba leer, sin embargo, Mario, de ocho, la lectura no se encontraba entre sus pasiones, él adoraba la fantasía de los cuentos sí, pero prefería recrearla y se inventaba batallas épicas, dragones, espadas mágicas, pero siempre con sus juguetes. Ella no hizo caso a su hermano y comenzó, rápidamente, a hojear el libro. Según avanzaba en la lectura, sus ojos se iban abriendo cada vez más, sorprendida por todo lo que en él leía.

―¡Tienes que leer esto, Mario! No es un libro de recetas normal, mira…

―Léelo tú, estoy a mitad de la partida. ―Comentó Mario mientras echaba una partida a su juego preferido.

―Se deben mezclar los siguientes ingredientes en un recipiente con agua helada, a ser posible, del río: dos zanahorias, para que tenga buena vista y una piel increíble; siete nueces, de los árboles que nacen junto al río, para un cerebro inteligente; un apio para unos huesos fuertes; la mitad de un tomate para las células de todo el cuerpo y, por último, una gran manzana roja para que tenga un corazón enorme y fuerte. Después de mezclar todos los ingredientes, colocar en el molde y dejar junto al roble de las cien ramas durante una noche de luna llena. A la mañana siguiente, el duende habrá aparecido. Precauciones: mezclar los ingredientes, no triturar y recordar visitar el roble justo al amanecer, cuando la luna se haya ocultado, de lo contrario, el duende desaparecerá y habrá que repetir la receta.

―¡Ostras! A ver, déjame ese libro… ―Mario arrebató sin contemplaciones el ejemplar a Lucía, había leído lo que a él entusiasmaba.

Volvió a leer la receta de nuevo y hojeó con rapidez el resto del libro, sorprendiéndose más incluso que su hermana.

―Esto hay que hacerlo, quiero tener mi propio duende…

―Pero tú crees que eso es verdad, no puede ser cierto, los duendes no aparecen así como así.

―¿Y por qué no? Acaso tú sabes cómo se hacen los duendes…

―No…, pero…, esperaba otra cosa, no así… Además, ¿y por qué la abuela tiene ese libro?

―No sé… Quizá la abuela es bruja.

―Anda ya, Mario, no me vaciles…

―Bueno, venga, vamos a buscar el molde, tiene que estar en la despensa…

Con la energía de un dragón comenzaron a buscar el mencionado molde y sí, lo encontraron, escondido en el último rincón del mueble en el que Lucía había dado con el libro. Tenía una forma rara, no de un duende, como de una bola con cuatro extremidades, pero supusieron que tenía que ser así.

―Siguiente paso: ¿cuándo es luna llena? Vamos a mirar el calendario, Lucía, la abuela siempre tiene uno donde vienen las fases de la luna.

―¡Mañana! Mañana hay luna llena.

―Perfecto, pues ahora a buscar los ingredientes, tenemos tiempo de sobra.

Milagrosamente, casi todos los ingredientes que necesitaban estaban en la alacena de la abuela. Esta tenía comida para un regimiento, siempre alimentaba de más a sus nietos durante el verano porque decía que estaban escuálidos. Solo les faltaba el agua y las nueces.

―Esta noche iremos a por lo demás, nos llevaremos todo y ya lo dejaremos en el árbol para la noche de mañana, no creo que pase nada porque esté un día antes… El libro no lo especifica. ―La impaciencia de Mario chocaba siempre con la paciencia de Lucía, más precavida que su hermano.

―Mario, las nueces se recogen en septiembre u octubre, quizá no hay o quizá no estén maduras todavía.

―Pues nos tendrán que servir, no nos queda otra.

Y tal como lo planearon, así lo hicieron. Las nueces, como había predicho Lucía, no estaban maduras, pero Mario se empeñó en cogerlas.

Con el alma en vilo, nerviosos e intranquilos, pasaron las siguientes horas.

Al amanecer del día después de la luna llena, tal como la receta indicaba, Mario y Lucía escaparon de la casa para ir junto al roble. Con precaución se acercaron sigilosamente y ya desde lejos comprobaron que el molde estaba vacío. Al verlo más de cerca, vieron que ni el agua ni todos los alimentos que allí habían puesto estaban.

―Te dije que no debíamos dejarlo tan pronto, Mario, seguro que algún animal se lo ha comido.

Mario callaba, pero no se daba por vencido.

―¡Mira! ¡Huellas!

Unas pequeñas huellas, como de un ser en miniatura salían del molde hasta el roble en el que parecían perderse. Y, de repente, de una de las ramas superiores, una voz hizo que ambos cayeran hacia atrás asustados.

―¡Hola! Gracias por crearme. Viviré en este árbol y siempre que me necesitéis acudiré en vuestra ayuda, pero antes tengo que comer, tengo un hambre inmensa. ¡Adiós!




Los niños se quedaron atónitos y sin saber qué decir ante ese ser de unos diez centímetros que desde el árbol les hablaba, hasta que, por fin, Mario reaccionó.

―¡Pero, no te vayas! Ni siquiera sabemos tu nombre.

―¡Ah, es verdad, se me había olvidado, vosotros tenéis que ponerme un nombre también! Pero ahora no, ¡tengo hambre! Nos veremos aquí en la próxima luna llena y entonces me lo diréis. ¡Adiós!

―¡Pero, pero!

―Déjalo, Mario, quiere irse, haremos lo que dice, ya tendremos tiempo de hablar con él.

Se marcharon, a regañadientes, a pensar en el nombre que pondrían a su duende y a asimilar todo lo ocurrido. Quizá le preguntarían a la abuela…

¿Qué nombre le pondrían al duende? ¿Qué nombre le pondrías tú?


(Continuará)


Segunda parte de la historia aquí.




Mercedes Soriano Trapero
Para el VadeReto
Fotos: pixabay