Despierto sobre una mullida almohada,
se escucha un ligero susurro,
es el viento que baila entre los árboles.
En mi mente, un solo pensamiento,
que la persona que duerme a mi lado se despierte.
Juntos surcaremos las olas de las sábanas
a bordo de un trineo de delfines…
Síndrome del impostor: ¡espera, espera, espera! ¿Eso vas a escribir?
¿En serio? ¡Qué cursi!
Escribe algo más real, algo del siglo XXI,
algo que no parezca tan “rosa”.
Eran las cuatro de la mañana,
el viento rugía contra la ventana
y mi pensamiento pedía a gritos que te despertaras.
Quería besarte y dejarme mi piel en tu piel.
El alba nos encontraría abrazados, fundidos en uno solo…
Síndrome del impostor: ¡espera, espera, espera! ¿De verdad vas a seguir así?
¿Es que no se te ocurre otra cosa? Así no te va a leer ni tu sombra…
La luna nos tendría envidia
y el sol brillaría con menos intensidad.
Pero un gran ronquido me confirmó que esta noche…,
ni viento,
ni olas en las sábanas,
ni delfines,
ni besos,
ni abrazos,
nada.
Me desperté por un ronquido en mi oreja.
Silbé como el viento para ver si se callaba.
Y tal vuelta se dio que sentí como si una ola
me arrastrara entre las sábanas.
En ese momento, las uñas de sus pies,
que parecían delfines, se me clavaron en las piernas.
Rugí igual que el viento contra la ventana.
Desesperada, me abracé a la almohada
y salí de la habitación buscando refugio.
Al alba, la luna me encontraría dormida a pierna suelta
y ni el brillo del sol me despertaría.
Yo: ¡chúpate esa, síndrome del impostor!






