Cuando abrió la puerta, no esperaba encontrarlo allí. Protegido con su abrigo, con una gorra azul en la cabeza y una cartera en la mano.
Cerró la puerta con un gran portazo y salió corriendo hacia el otro extremo de la casa. Saltó por una ventana, salió al patio y de ahí a las casas colindantes por las que fue pasando. No paró de correr hasta que dejó el pueblo a su espalda.
Cansado, se apoyó en un árbol. Ya recuperaba la respiración cuando algo le dio en la espalda. Se volvió y allí estaba de nuevo aquel hombre con su abrigo, su gorra azul y la cartera.
Gritó e intentó huir otra vez, pero se dio cuenta de que nada serviría. Lo volvería a encontrar.
Lloró y pidió clemencia. No obtuvo respuesta. El hombre seguía allí mirándolo, con la expresión seria y una actitud serena.
Sin quitarle la vista de encima, se fue arrastrando, sin percatarse de que un acantilado se perfilaba a continuación. Cayó al vacío. El hombre de la gorra azul, por fin, había hecho justicia: su asesino estaba muerto.
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